Análisis de Nick Paton Walsh, CNN
Cuatro días después del movimiento militar más contundente del presidente de Estados Unidos Donald Trump hasta ahora, crece la brecha entre su afirmación de que Estados Unidos “gobernará” Venezuela y la realidad de un régimen autoritario que sigue vigente en el país.
En las próximas semanas, existe el riesgo para la Casa Blanca de que la demostración brutal de poder estadounidense en la madrugada del sábado se vea socavada por la incapacidad de seguir adelante, lo que supondría una posible derrota estratégica tras una victoria espectacular pero efímera.
En cuestión de minutos durante la conferencia de prensa del sábado, la exhibición de fuerza de Trump pasó de afirmar el control estadounidense sobre Caracas a reconocer poco después que el mecanismo para lograrlo sería la presunta cooperación de la vicepresidenta de Nicolás Maduro, Delcy Rodríguez, quien desde entonces fue juramentada como presidenta encargada.
Por ahora, el mecanismo de influencia estadounidense, al menos en público, parece limitarse a llamadas ocasionales del secretario de Estado, Marco Rubio, respaldadas por la pesada musculatura del portaaviones USS Gerald R. Ford y otros activos de la Marina.
El asalto militar inicial fue sorprendente, pero la “toma del poder” ha sido hasta ahora un anticlímax, al depender de que Rodríguez acepte el papel de colaboracionista y títere colonialista de la noche a la mañana. Públicamente, ella hizo lo contrario, exigiendo la liberación de Maduro y expresando su indignación, y solo el domingo insinuó que podría seguir una “cooperación” con Estados Unidos.
Dado que las muestras de desafío de Maduro parecen haber enfurecido a Trump hasta el punto de ordenar la incursión, esa retórica de Rodríguez era un riesgo, independientemente de las concesiones que pudiera estar negociando en privado. Parece que se está llevando a cabo una especie de ofensiva represiva, con pandillas leales en las calles y detenciones de periodistas. Dentro de Venezuela, no hay celebraciones por el fin del régimen de Maduro, ya que su pueblo, muchos de ellos recelosos tras años de autoritarismo, esperan con ansiedad lo que vendrá.
La realidad puede ser más dura en lo que respecta al petróleo: Trump puede haber dicho “nos lo quedaremos” y el martes anunció que entre 30 y 50 millones de barriles serían entregados a Estados Unidos. Pero será difícil que esa concesión de gran escala se materialice, en parte porque las compañías petroleras estadounidenses que el presidente esperaba que se lanzaran a Venezuela viven en un mundo diferente al que se vivió tras la caída de Iraq en 2003, un mundo de cambios caóticos y abundancia de crudo, en el que invertir miles de millones de dólares en una cleptocracia aún hostil sería un riesgo enorme. Chevron es la única gran empresa petrolera occidental que ha mantenido operaciones significativas en Venezuela en años recientes.
¿Qué ha cambiado realmente? Maduro está bajo custodia estadounidense y se enfrenta a un proceso judicial en marzo, tras una operación de extracción ejecutada con precisión que duró alrededor de 150 minutos. Por lo demás, los leales al régimen siguen, por ahora, controlando la situación a pesar de las garantías de la Casa Blanca de que, por temor a correr la misma suerte que Maduro, se alinearán con lo que Estados Unidos desea.
La realidad sigue importando, y el legado de esta última incursión de Trump en la política exterior dependerá de su duración. La operación en Venezuela corre el riesgo de sumarse a la lista de proclamaciones grandilocuentes de Trump sobre un mundo transformado que tropiezan y, a veces colapsan al entrar en contacto con una realidad compleja e intransigente.
El éxito significativo, aunque limitado, de la Casa Blanca en Venezuela ha dado lugar a cuatro d