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Un estudio revela que los loros silvestres imitan a sus compañeros a la hora de decidir si prueban nuevos alimentos

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Por Amarachi Orie, CNN

Los niños suelen imitar las preferencias de sus amigos en cuanto a juguetes o ropa, mientras que los adultos tienden a adoptar dietas o estilos de vida populares. Ahora resulta que este tipo de imitación no es exclusiva de nuestra especie, ya que los loros salvajes aprenden a probar nuevos alimentos imitando a sus pares, sugiere un nuevo estudio.

Los animales que viven en entornos urbanos a menudo se encuentran con recursos nuevos o inusuales, como basura, árboles en las calles, plantas exóticas o especies invasoras.

Para los animales en estos paisajes urbanos en constante cambio, ampliar su dieta para incluir alimentos novedosos puede ser crucial, según el estudio publicado el jueves en la revista PLOS Biology.

Sin embargo, suelen desconfíar de probar alimentos desconocidos, ya que podrían ser venenosos para ellos o portar parásitos, dijeron los investigadores en Australia, Alemania, Estados Unidos y Suiza.

Una herramienta que algunos animales utilizan para averiguar si vale la pena correr el riesgo es el aprendizaje social, que realizan observando o interactuando con otros o con sus pertenencias.

Esta estrategia se ha observado en grajillas y cornejas silvestres. Estudios de laboratorio con ratas en Noruega también han demostrado que estas pueden adquirir preferencias alimentarias al oler el aliento de individuos con información sobre su comportamiento.

Sin embargo, las estrategias de aprendizaje social han sido poco estudiadas en la naturaleza en comparación con los laboratorios, según los investigadores.

Para determinar si los loros silvestres utilizan esta técnica, los investigadores estudiaron a más de 700 cacatúas de cresta amarilla silvestres en cinco colonias de descanso en el centro de Sídney.

Dos loros de una comunidad de Balmoral Beach y dos de una comunidad de Clifton Gardens fueron entrenados ––después de mostrar inicialmente una gran aversión–– para comer almendras teñidas artificialmente de azul o de rojo, respectivamente.

Luego, se introdujo en las comunidades un dispensador de comida que contenía almendras de ambos colores en sesiones diarias durante 10 días.

Después de ver a los loros entrenados tomarlas, individuos curiosos comenzaron a comer las almendras de colores en la comunidad de Balmoral Beach en un plazo de siete minutos, y en la comunidad de Clifton Gardens en menos de un minuto, según el estudio. En ambos dormideros, los loros comieron ambos colores desde el primer día.

En una tercera comunidad, donde no había cacatúas entrenadas, los loros tardaron cuatro días en probar los nuevos alimentos. Pero después de que un loro ––que se había mudado desde la comunidad de Balmoral Beach, donde había visto a otros comerlas 130 veces–– asumiera el riesgo, otros 15 loros también comieron las almendras en un plazo de 10 minutos.

Los investigadores ampliaron el experimento para incluir dos dormideros más.

Al finalizar el experimento de 20 días, 349 individuos de cinco comunidades consumían almendras de colores, según el estudio.

Los investigadores también analizaron si los loros eran selectivos a la hora de imitar a otros individuos y encontraron “un claro sesgo por sexo”, declaró el jueves a CNN Julia Penndorf, autora principal del estudio y ecóloga del comportamiento, investigadora postdoctoral en la Universidad de Exeter, en el Reino Unido.

Según el estudio, los machos tenían más probabilidades de influir en el comportamiento de otros machos que en el de las hembras. Las loras eran más propensas a modificar su comportamiento en función de la información social, independientemente de la edad o el sexo de los individuos que observaban.

“Quizás aún más intrigante es que los loros jóvenes eran muy conformistas”, e imitaban las decisiones de la m

Tras la tragedia del colapso del puente en Baltimore, una madre enfrenta la deportación y su hija el riesgo de otra pérdida

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Por Rocío Muñoz-Ledo, CNN en Español

La fotografía de José Mynor López descansa entre flores y veladoras en un memorial improvisado cerca del Key Bridge, en Baltimore. Desde su muerte, la madre de su hija, Zoila Guerra Sandoval, le ha repetido a la pequeña de siete años que todo estará bien. Pero hay algo que aún no ha podido contarle y espera no tener que hacerlo: la mujer podría ser deportada.

La muerte de López —uno de los seis trabajadores que fallecieron en el trágico colapso del puente en 2024— dejó a su familia en duelo y, para Guerra Sandoval, abrió una nueva incertidumbre: la posibilidad de ser separada de su hija, ciudadana estadounidense.

Su cuerpo fue el último en ser recuperado, el 7 de mayo, poniendo fin a una espera angustiosa de seis semanas de búsqueda dentro de las frías aguas del río Patapsco. López, quien tenía 37 años al momento del accidente, es uno de los seis trabajadores, todos inmigrantes de Honduras, El Salvador, México y Guatemala, que murieron en el colapso del puente. Trabajaban en el turno de noche reparando baches en una vía cuando un barco de carga de más de 96.600 toneladas chocó contra el puente, arrojando a los trabajadores de la construcción al agua.

“Yo le digo que todo va a estar bien”, dijo Guerra Sandoval a la estación local WBAL-TV, afiliada de CNN. “Tengo fe en Dios que todo va a estar bien”, añadió.

Originaria de Guatemala, Guerra Sandoval llegó a Estados Unidos hace casi dos décadas. Desde la muerte de López, su hija ha encontrado consuelo en familiares cercanos, especialmente en un hermano de Guerra Sandoval que ha asumido un rol casi paternal. Aun así, la ausencia del padre es constante.

“Obviamente extraña mucho a su papá, pero se ha vuelto muy cercana a uno de mis hermanos, quien es como un segundo padre para ella. Pero obviamente sabe que su papá no está aquí”, cuenta su madre.

Tras la tragedia, Guerra Sandoval fue invitada por las autoridades federales bajo el Gobierno de Joe Biden a solicitar alivio migratorio por razones humanitarias, incluyendo “parole in place” y acción diferida, dijo su abogada Rachel B. Girod en un correo electrónico enviado a CNN. Según Girod, se le informó que, debido a “la excepcional situación humanitaria del padre de su hija”, sus solicitudes serían aprobadas.

Pero en febrero de 2026, en medio de la ofensiva migratoria del Gobierno de Donald Trump, la oficina de Baltimore del Servicio de Ciudadanía e Inmigración de Estados Unidos (USCIS) rechazó su solicitud de acción diferida, tras determinar que “no merecía la acción diferida”, explicó su abogada.

Dos meses después, la situación se agravó: la misma oficina del USCIS inició formalmente un proceso de deportación en su contra, una decisión que, según su defensa, no era obligatoria. “Digo ‘inició un proceso’ porque no es obligatorio iniciar un proceso de deportación cuando se deniega la acción diferida. Si bien esto está dentro de la autoridad procesal del DHS, también está dentro de su autoridad procesal no intentar deportarla”, detalló Girod.

Cuatro días después de iniciar el proceso de deportación en su contra, también se le negó el “parole in place”, citando precisamente ese proceso como motivo.

La abogada agregó que Guerra Sandoval, quien ha vivido casi 19 años en el país sin antecedentes, fue alentada a salir de las sombras para solicitar ayuda tras una tragedia pública, solo para enfrentar ahora un proceso de deportación.

“En resumen, decidieron que esta mujer, con diecinueve años en Estados Unidos sin un solo antecedente negativo, ahora madre soltera (…), no merecía recibir precisamente aquello que el USCIS le había prometido para brindarle un mínimo de paz”, escribió

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