Análisis por Mario González, CNN en Español
En México, la desaparición de una persona, cualquiera sea su condición, tiene un pronóstico fatal en la mayoría de las ocasiones. El asunto es que esto sucede cotidianamente. Es lo que ocurrió hace unos días con 10 mineros desaparecidos en la sierra del estado de Sinaloa; su ausencia fue denunciada en la mañana del 23 de enero y sus restos hallados unos 15 días después en una fosa clandestina en el municipio de La Concordia, cerca del lugar en el que habrían sido “levantados” por hombres armados (“levantados” es manera coloquial en la que se denomina en México a la privación ilegal de la libertad).
Según el secretario de Seguridad Pública federal, Omar García Harfuch, el caso de los mineros tiene que ver con la guerra que mantienen dos facciones del cartel de Sinaloa, la de Joaquín Guzmán Loera, “El Chapo” Guzmán, y la del Ismael “El Mayo” Zambada. Ambos están presos en Estados Unidos, el primero sentenciado a cadena perpetua, el segundo en juicio en Nueva York. La versión oficial es que los trabajadores de la empresa minera canadiense Vizsla Silver fueron confundidos con integrantes de la facción antagónica del cartel y en esa confusión se les fue la vida. Este relato, según García Harfuch, proviene de los testimonios de cuatro detenidos por el Ejército, vinculados a este caso.
Las desapariciones en Sinaloa han ido en aumento desde que se desató la confrontación entre los llamados “chapitos” y los “mayos”, desde que el 25 de julio de 2024 fue detenido “El Mayo” Zambada, último de los grandes jefes del poderoso cartel de Sinaloa. Ahí comenzó así una guerra sin cuartel por venganzas y por el control de una de las organizaciones criminales más grandes y exitosas del mundo.
En las últimas horas, organizaciones de buscadoras en México han encontrado otras 20 fosas en el mismo municipio de Sinaloa, La Concordia. Esto aumenta la angustia de decenas de familias que han denunciado desapariciones recientes de sus seres queridos en esa entidad, contó a CNN María Isabel Cruz Bernal, fundadora de Sabuesos Guerreras, una organización de madres buscadoras.
Desde enero de 2017, María Isabel emprendió la búsqueda de su hijo, Reyes Yosimar, un joven policía municipal que desapareció en Culiacán, la capital de Sinaloa, en el contexto de la lucha territorial del cartel de Sinaloa. Hoy, María Isabel sigue buscando a su hijo después de nueve años. En ese camino al que ha dedicado su vida entera, ha ayudado a cientos de otras madres a encontrar a sus hijos, la mayoría, me dice, en fosas clandestinas. Pocos, muy pocos con vida. También ha encontrado indolencia de autoridades, burocracia y la confrontación abierta del crimen organizado que intenta evitar las búsquedas en los cementerios clandestinos que abre en todo el país con los restos de sus víctimas.
Sí, la búsqueda de personas en México es una labor de tiempo completo y de alto riesgo. Una labor que ha recaído principalmente en las mujeres, en las madres de los desaparecidos. Son las buscadoras.
Brenda Valenzuela emprendió la búsqueda desesperada de su hijo Carlos Emilio Galván el 5 de octubre pasado. Carlos Emilio estaba en un bar muy popular de Mazatlán, el puerto turístico más importante de Sinaloa, celebrando su cumpleaños 21, acompañado de sus primas. En un momento fue al baño y no se volvió a saber más de él. Desde entonces, Brenda se ha enfrentado a las amenazas del crimen organizado y a la inactividad de las autoridades estatales y federales. En poco más de cuatro meses, Brenda ha viajado en innumerables ocasiones de la ciudad de Durango, de donde es originaria, a Culiacán y a Mazatán, donde se re