Por Ashley Strickland, CNN
Una inusual colección de estrellas podría representar los vestigios de una galaxia enana que la Vía Láctea devoró hace unos 10.000 millones de años. Los astrónomos han bautizado a esta antigua galaxia como Loki, en honor al dios nórdico de las travesuras. Este hallazgo podría modificar la comprensión actual sobre cómo evolucionó la Vía Láctea en el pasado remoto.
La inmensa Vía Láctea abarca unos 100.000 años luz y contiene entre 100.000 y 400.000 millones de estrellas, según la NASA. Un año luz es la distancia que recorre la luz en un año, lo que equivale a 9,46 billones de kilómetros (5,88 billones de millas).
Nuestra galaxia natal no siempre fue un gigante cósmico de tal magnitud. Creció con el paso del tiempo, a partir de hace unos 12.000 millones de años, mediante la fusión con una multitud de galaxias enanas. Sin embargo, el tamaño y la masa originales de la Vía Láctea siguen siendo una incógnita, lo que ha impulsado a los científicos a buscar pruebas de las galaxias que esta consumió, con el fin de determinar su historia y evolución.
Para identificar esas piezas perdidas del rompecabezas, los astrónomos han centrado ahora su atención en un cúmulo de estrellas pobres en metales, detectadas a una distancia inusualmente cercana al disco galáctico, según un estudio publicado en mayo en la revista Monthly Notices of the Royal Astronomical Society.
Estas estrellas cercanas al disco —una vasta región giratoria que alberga gran parte de las estrellas de la Vía Láctea— despiertan el interés de los astrónomos debido a que las primeras estrellas del universo estaban compuestas por hidrógeno y helio; estos elementos se fusionaron en sus núcleos para dar origen a elementos más pesados que fueron liberados cuando esas estrellas explotaron, enriqueciendo así a las generaciones estelares posteriores.
Las estrellas pobres en metales suelen asociarse con antiguas galaxias enanas, las cuales la Vía Láctea podría haber consumido a lo largo del tiempo para alcanzar su actual y masivo estado; los vestigios de estos “banquetes cósmicos” podrían estar ocultos en las profundidades de la galaxia.
La baja presencia de metales en estas antiguas estrellas, situadas tan cerca del disco galáctico, sugiere que, en una etapa temprana de su historia, la Vía Láctea se dio un gran festín a costa de otra galaxia; este hallazgo podría representar un componente fundamental, y hasta ahora pasado por alto, en la formación de nuestra propia galaxia.
Los astrónomos actúan como detectives del universo: recorren el cosmos en busca de pistas sobre sus orígenes; en esta búsqueda, las estrellas muy pobres en metales —o VMP, por sus siglas en inglés— constituyen una herramienta poderosa, afirmó la Dra. Cara Battersby, profesora asociada de física en la Universidad de Connecticut, quien no participó en el estudio.
“Las estrellas VMP han existido durante miles de millones de años y contienen en su interior pistas sobre la formación de las primeras generaciones de estrellas del universo”, escribió Battersby en un correo electrónico. El estudio de la composición y el movimiento de estas estrellas pobres en metales puede revelar detalles sobre las condiciones y la dinámica del universo primitivo, añadió.
La búsqueda de estrellas pobres en metales en la Vía Láctea se ha centrado, en gran medida, en la abundante población de estrellas antiguas que conforman el halo estelar de la galaxia, llamado así por tratarse de una gran nube difusa y esférica que envuelve el disco galáctico.
Algunos astrónomos creen que podrían hallarse indicios de fusiones aún más antiguas en zonas más profundas de la Vía Láctea, como por ejemplo en su disco.
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