Por Nick Paton Walsh, CNN
La “Carretera de la Vida”, llena de baches, repleta de vehículos incendiados y cubierta con redes para bloquear los drones, le hace honor a su nombre. Esta vía vital que abastece a las tropas ucranianas en los frentes más duros, a veces mediante entregas robóticas, en el tramo de asfalto entre Druzhkivka y Kostyantynivka es, sencillamente, una cuestión de supervivencia.
Los militares ucranianos, que a menudo emergen exhaustos tras meses atrapados en la misma posición, se desplazan casi exclusivamente a pie, pasando junto a los vehículos quemados de quienes optaron por intentar esquivar los drones con velocidad, en lugar de hacerlo siendo pequeños y difíciles de detectar.
Los drones dominan ahora la guerra en Ucrania y la única protección contra el incesante flujo de ataques aéreos de Rusia es esconderse entre los árboles, derribarlos o, en última instancia, esperar que decidan atacar otro objetivo mayor, normalmente vehículos o equipo militar.
Se trata de un cambio tecnológico que ha reconfigurado la guerra moderna y que, al menos por ahora, le ha dado a Ucrania un respiro frente a un adversario mucho más poderoso. Pero para las tropas que operan en la llamada “zona de muerte”, que se extiende kilómetros a lo largo del frente, cada movimiento al descubierto conlleva un riesgo mortal.
El equipo de CNN recorrió a pie un pequeño tramo, supuestamente más seguro, de la carretera entre dos posiciones ucranianas, acompañado por Kosta, Sasha y Bohdan, de la 24ª Brigada Mecanizada. Lo que se suponía que sería una caminata de una hora de ida y otra de vuelta se convirtió en una odisea de cinco horas, con al menos 14 ataques o encuentros cercanos con drones rusos.
La primera señal llegó rápidamente, justo después de que un par de tanques hayan pasado. El zumbido de los drones en lo alto, seguido de disparos, hizo que el bosque y las casas dañadas de los alrededores cobren vida de repente con las tropas ucranianas ocultas entre ellas, disparando al cielo. Es la señal para correr hacia un patio, mientras nuestros escoltas intentaban divisar algún objetivo al que disparar en la densa niebla gris que se extiendía sobre nosotros.
En la carretera, Sasha y Kosta fueron más osados y dispararon a campo abierto. Y acertaron al objetivo: el estallido de la carga explosiva del dron iluminó el asfalto a unos 150 metros de distancia. Tuvimos que seguir moviéndonos, porque podían venir más.
La guerra con drones trastoca las normas del frente. Los vehículos blindados son un objetivo principal y una desventaja. Los grupos de tropas también lo son. Las redes protectoras que cubren muchas carreteras en la región oriental del Donbás —que detienen los drones en seco— no son una aliada, sino una limitación para el movimiento. Al oír un dron, hay que correr hacia la vegetación, donde uno puede esconderse y los drones no pueden volar. Si se camina dentro de las redes protectoras, hay que buscar, o abrir, un hueco para entrar en el bosque.
Esquivar drones también invierte el instinto humano de buscar seguridad en grupo. Hay que separarse, huir unos de otros, ya que estar solo te hace menos interesante para un piloto de ataque ruso. Una alerta por radio hizo que nuestro equipo corra de nuevo hacia la zona verde, con el zumbido en lo alto y el eco de los disparos que resonaba por todas partes.
Tras una hora, el zumbido omnipresente del dron se volvió difícil de distinguir: ¿son tus oídos o tu imaginación? Tus sentidos no se relajan, pero es difícil seguir tan preocupado por cada ruido del dron como en los primeros minutos.
Nuestros encuentros con drones solían terminar con el estruendo de uno que cae cerca. No estba claro quién lo derribó, a dónde se dirigía ni si iba solo. Pero la necesidad de moverse anulaba cualquier oportunidad para procesar lo sucedido.
Un dron sobrevolaba nuestras cabezas. El fuego de Sasha y Bohdan —rifle