Análisis por Stephen Collinson, CNN
El presidente Donald Trump dijo el viernes que estaba considerando “reducir” su guerra con Irán. Pero un día después, amenazó con “obliterar” las plantas eléctricas del país, en una escalada que podría descontrolar aún más el conflicto.
Los mensajes erráticos sobre una guerra que entra en su cuarta semana se están convirtiendo en un patrón.
Trump había exigido previamente que los aliados enviaran barcos para reabrir el estrecho de Ormuz, un cuello de botella vital para la exportación de petróleo. Cuando estos se negaron, dijo que no quería ayuda y los tildó de cobardes por no sumarse a una guerra a la que se oponían. Y antes de exigir que Irán reabriera el estrecho en 48 horas o enfrentara un ataque devastador contra sus plantas eléctricas, insistió en que en algún momento “se abriría por sí solo”.
Estos bandazos subrayan la importancia vital del estrecho y el impacto de un cierre que ha dejado varados a decenas de petroleros, ha creado una crisis de precios de la energía y ha amenazado con empujar a la economía global hacia una recesión que podría perjudicar a millones de personas.
Pero Trump ha llegado a un momento en el que la confusión retórica y las amenazas contradictorias no pueden ocultar las consecuencias de sus decisiones. Puede estar a punto de poner a prueba si escalar el conflicto puede, de algún modo, señalar una salida o si empeorará las consecuencias económicas y políticas que ya le cuesta controlar.
A corto plazo, el presidente se trazó a sí mismo una enorme nueva línea roja, sin indicios de que Irán vaya a ceder ante su plazo respecto a su amenaza de atacar barcos que transiten por el estrecho; su principal punto de apalancamiento en el conflicto.
Si el presidente ordena un ataque contra las plantas, es probable que desencadene las represalias iraníes más intensas hasta ahora, lo que podría pulverizar los mercados mundiales de petróleo. Si no actúa y el estrecho permanece cerrado, permitirá que los líderes de Irán demuestren que pueden desafiar el poderío militar de Estados Unidos e Israel pese a estar en clara desventaja militar.
Atacar las plantas eléctricas podría aumentar la presión sobre las fuerzas armadas revolucionarias de Irán, que controlan gran parte de la infraestructura civil. Pero también correría el riesgo de desatar una crisis humanitaria en un país que ya enfrenta una profunda privación. Los hospitales, el suministro de agua y el saneamiento requieren un suministro eléctrico fiable.
En un sentido más amplio, el nuevo dilema de Trump está alimentando la preocupación y las críticas de que carece de una estrategia o de un objetivo final para una guerra que inició sin consultar al Congreso ni convencer al pueblo estadounidense de sus costos.
“No tienen visión, no tienen plan, no tienen estrategia de salida. Está claro que no anticiparon algunas de las cosas que han ocurrido, incluido el cierre del estrecho de Ormuz”, dijo en CNN el líder de la minoría demócrata en la Cámara de Representantes, Hakeem Jeffries, en “State of the Union” el domingo.
Otra escalada casi con seguridad empeoraría las repercusiones globales de un conflicto impopular en el plano interno. Aunque la guerra puede contar como una victoria estratégica para Estados Unidos e Israel, dada la destrucción causada por semanas de ataques con misiles y bombardeos aéreos, los dos aliados corren el riesgo de perder la dimensión política y económica del conflicto.
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