Por Rob Picheta, CNN
Alexis Broderick estaba volando.
El viento golpeaba su rostro y sus pequeñas piernas se elevaban cada vez más, impulsándola hacia el cielo. Cuando alcanzó las alturas, por un instante embriagador pudo verlo todo: los autos, los árboles, las personas, el mundo real. Estaba allí, visible a destellos, más allá de la cerca del complejo. No conocía esa sensación, pero aun así se permitió sentirla. Libertad.
Pero entonces el columpio volvió a tocar el suelo. El mundo era distinto allí abajo: un líder de culto estaba preparando a Alexis para que se convirtiera en su esposa, recuerda ella. Su hermana había sido desterrada a la Casa del Desprecio y su hermano hacía guardia, encargado de mantener alejados a los intrusos. Sus amigos la vigilaban: un solo error y sería golpeada, expulsada o algo peor. La vida era buena, por supuesto: el mundo estaba a punto de acabarse y el profeta de Dios le había prometido un lugar en el cielo. Pero a veces, en secreto, sentía que algo no estaba bien.
Así que Alexis, de 10 años, volvió a impulsarse hacia el cielo, aferrándose con fuerza al columpio mientras subía. Más allá de la cerca veía los suburbios, con todos sus tonos aburridos y hermosos. Y entonces, en uno de esos impulsos hacia las nubes, vio algo más: “Hombres”, recuerda. “Con ametralladoras”.
“Estaban rodeando completamente la propiedad”, dice. Todas las salidas quedaron bloqueadas en un instante. No había dónde huir, pero aun así corrió. El columpio quedó enredado detrás de ella mientras se lanzaba hacia la casa. Llamó a las esposas de Tony y varias de ellas corrieron hacia una habitación segura. Él les había advertido a todos que esto ocurriría. “Este es el momento”, pensó Alexis. “Vienen a matarnos”.
El caos que irrumpió aquella tranquila mañana de otoño dividiría en dos las vidas de Alexis, Shaina y Matthew Broderick.
Los hermanos habían sido manipulados, abusados y preparados mientras crecían en un culto liderado por Bernie Hoffman, un predicador apocalíptico y falso profeta conocido ante el mundo como Tony Alamo. Luego fueron arrojados, entre gritos y resistencia, al mundo real: un lugar que habían aprendido a temer y odiar.
En los años siguientes enfrentarían su pasado, sufrirían tragedias y vivirían vidas antes impensables. Sus caminos se entrelazan, pero sus historias son únicas. Y después de rechazar solicitudes de entrevistas durante casi dos décadas, compartieron esas historias en una serie de conversaciones con CNN.
Las personas abandonan los cultos, pero los cultos no siempre las abandonan a ellas. Durante años, la voz de Alamo persiguió a los Broderick como una sombra. “Vimos muchas cosas locas y horribles”, dice ahora Alexis, cosas que no pueden dejar de verse.
Su infancia, pese a todos sus horrores, a veces parecía la parte fácil. “Era todo lo que conocía”, dice Alexis. Lo que vino después fue mucho más complicado.
Unos meses antes, el hermano de Alexis, Matthew, llegó aturdido al desayuno. Había estado de “guardia nocturna” durante horas, recorriendo los terrenos del enorme complejo del grupo en Arkansas. Era una tarea insoportablemente aburrida para un adolescente de 14 años, pero era importante: Tony lo decía. “El Gobierno controlaba todo y quería atraparlo”, dice Matthew al recordar la creencia central que el líder inculcaba a sus seguidores.
Como todos los niños del complejo, Matthew había sido obligado varias veces a pasar días sin comer. Así que cuando le entregaron el desayuno, se sentó de inmediato en el lado masculino de la cafetería —niños y niñas estaban estrictamente separados— y comenzó a devorarlo. Pero entonces escuchó el ruido de un carrito de golf: Tony venía.
El líder, que permanece en la memoria de los Broderick como un hombre corpulento y de cabello canoso cuya aura siniestra se intensificaba por las gafas oscuras que usaba debido al glaucoma, observó el salón. Cami