Por Francesca Street, CNN
Asomándose por la ventana del autobús Greyhound, Diann Droste vio cómo la nieve caía con rapidez y en grandes cantidades.
“Recuerdo que miraba por la ventana y pensaba: ‘No sé si esto es bueno’”, le dice Diann hoy a CNN Travel. “Empecé a ver autos en las cunetas, y luego vi camiones de carga también fuera del camino. Pero yo tenía 16 años. Y no sabía qué pasaba en una situación así, así que simplemente seguí leyendo mi libro”.
Era enero de 1973. Diann era una estudiante del penúltimo año de bachillerato y vivía en Waterloo, Iowa. Regresaba a casa después de visitar a su amiga por correspondencia, que vivía en Brainerd, Minnesota, “la verdadera parte norte de Minnesota, donde hace mucho frío”. El viaje en autobús duró más de 10 horas.
“Esos Greyhound hacen muchas paradas. Hubo un transbordo en el que bajé del primer autobús y subí a un segundo”, recuerda Diann hoy. “A mis hijos les parece raro que yo viajara sola en autobuses Greyhound por todo el país cuando tenía 16 años. Pero no teníamos dinero para viajar en avión”.
Diann se describe a sí misma en ese entonces como “bastante intrépida”. O quizá simplemente era “una adolescente en otra época”. De cualquier modo, viajar sola en un autobús Greyhound no la intimidaba… hasta que empezó a nevar. Cuando la vista por la ventana se iba cubriendo de blanco, Diann intentó concentrarse en el libro que tenía en el regazo.
“La nieve no es nada inusual en el Medio Oeste en enero. Pero muy pronto estaba nevando con fuerza y el autobús empezó a deslizarse”, recuerda.
El ambiente dentro del autobús también parecía cambiar.
“Recuerdo pensar que las otras personas que iban en el autobús, que estaba casi lleno, parecían un poco nerviosas”, dice Diann.
Hubo una sensación colectiva de alivio cuando el autobús llegó a la ciudad de Albert Lea, Minnesota. El conductor salió de la carretera interestatal y se estacionó frente a un Holiday Inn.
“Detuvo el autobús y dijo: ‘No podemos seguir. No es seguro que conduzca, así que vamos a pasar la noche aquí’”, recuerda Diann.
Para Diann, el pánico se instaló de inmediato.
“Instantáneamente pensé: ‘Oh, no’… No tenía idea de que los autobuses se detuvieran así”.
Diann no tenía dinero. Esa es una parte de esta historia que sus hijos todavía no pueden creer. Había llevado unos US$ 25 para el viaje y, ya en el trayecto de regreso, solo le quedaban unos pocos dólares.
Bajó del autobús, se ajustó el abrigo alrededor del cuello y miró a los otros pasajeros. Todos los demás se dirigieron directamente al motel. Todos parecían también mucho mayores: personas que instintivamente sabían qué hacer cuando los planes de viaje se desmoronaban.
Diann vio un teléfono público y usó algunas de las monedas que le quedaban para llamar a casa. Le contó a su madre lo que había ocurrido, pero trató de no alarmarla.
“Cuando les conté esto a mis hijos, les dije: ‘Ahora, si alguna vez les pasa algo así, llámenme. Yo tengo una tarjeta de crédito’”, dice Diann. “Pero en 1972, 1973, nadie tenía teléfono celular y no todo el mundo tenía tarjeta de crédito”.
Su mamá no tenía una. Albert Lea todavía estaba a dos horas de Waterloo y las condiciones del clima eran demasiado peligrosas para que su madre condujera hasta allí para recogerla.
“También estaba nevando en Iowa y esperaban hasta un pie (30 centímetros) de nieve durante la noche”, recuerda Diann.
Cuando colgó, temió quedarse varada durante días.
Dentro del Holiday Inn, Diann se sentó en una silla del lobby del hotel, bajo las luces fluorescentes. Observó cómo los demás pasajeros hacían fila en la recepción y obtenían habitaciones.
“Nadie parecía siquiera notarme”, dice. “Y todos consiguieron sus habitaciones y se fueron, y yo me quedé sentada en la silla”.
No había famili