Análisis por Stephen Collinson, CNN
Si la búsqueda de Donald Trump para encontrar una salida a la guerra con Irán no era ya lo suficientemente difícil, ha añadido un nuevo objetivo que amenaza con complicar enormemente la ya fragmentada situación política de Medio Oriente.
El presidente declaró el lunes que había pedido a Arabia Saudita, Qatar, Pakistán, Turquía, Egipto y Jordania que se unieran al acuerdo que marcó el inicio de su primer mandato, conocido como los Acuerdos de Abraham, diseñado para forjar lazos históricos con Israel.
Esta sugerencia generó una nueva oleada de confusión mientras los negociadores estadounidenses e iraníes discutían sobre la redacción de un memorando de entendimiento propuesto que podría proporcionar un marco para las conversaciones de paz.
Pero es difícil creer que las condiciones políticas en estos estados, exacerbadas aún más por el papel de Israel en la guerra contra Irán, permitan incluso a los líderes autoritarios de los estados árabes y musulmanes ofrecer a Israel las concesiones que Trump desea.
Y la declaración de Trump de que incluso Irán podría unirse a los acuerdos en caso de un acuerdo de paz parece una fantasía que coincide con su visión anterior de una “Riviera de Medio Oriente” construida sobre las ruinas de Gaza.
“¡Guau, eso sí que sería algo especial!”, escribió Trump en las redes sociales el lunes sobre su nueva propuesta. “Este será el acuerdo más importante que cualquiera de estos grandes países, siempre en conflicto, firmará jamás”.
Es impensable que la República Islámica reconozca a su acérrimo enemigo, Israel, en un futuro próximo, y mucho menos considerando que sus incursiones acabaron con al líder supremo Alí Jamenei.
Y no hay ninguna posibilidad de que Israel contemple dar tal paso con un enemigo al que considera una amenaza existencial para el pueblo judío.
Además, cabe preguntarse sobre la capacidad de Trump para persuadir a sus aliados de que se alineen con él después de haber iniciado una guerra que ha destrozado la estabilidad regional y causado profundos daños económicos.
¿Qué podemos deducir de la nueva estrategia de Trump, que siguió a las conversaciones virtuales del fin de semana con líderes árabes y musulmanes sobre su iniciativa de paz con Irán?
Una explicación es que, a pesar de la decepción de una guerra inconclusa que ha mermado su popularidad en el país, no ha renunciado a sus ambiciosos planes para la transformación de Medio Oriente.
Un periodo de reconciliación y la ampliación de los vínculos económicos, políticos y culturales son vitales para cualquier esperanza de erradicar el veneno histórico que convierte cada guerra en precursora de la siguiente.
Pero también es evidente que este no es el momento oportuno.
Cualquier creencia genuina en sentido contrario por parte de Trump provocaría serias dudas sobre su comprensión de la realidad actual en la región.
Y esto no sería nuevo: ha sido un problema recurrente que lo llevó a subestimar a Irán como adversario militar y, aparentemente, a suponer que su régimen caería rápidamente.
Pero Teherán permanece inquebrantable. El comandante del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) de Irán en el área metropolitana de Teherán, por ejemplo, afirma ahora q