Análisis por Mario González, CNN en Español
La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, libra una lucha por el control de su propio mandato. Son muchos frentes de batalla al interior de su gobierno y su movimiento —el de la autollamada “cuarta transformación”—, que van desde dominio territorial del partido Morena y los poderes fácticos a las posiciones ideológicas de las muchas izquierdas que forman parte del grupo en el poder.
Es una lucha interna en donde la oposición formal, la de los partidos contrarios, no juega, al menos abiertamente; un tanto porque no tienen la fuerza necesaria para hacerlo y otro tanto por estrategia, bajo ese principio de la política de que si ves a tu adversario errar, no lo interrumpas.
Sheinbaum llegó a la presidencia de México haciendo historia: la primera mujer en lograrlo y con la más alta votación que se haya registrado. Rompió techos no de cristal sino de hierro, en un país de estructuras machistas que se preguntaba si estaba preparado para que una mujer lo gobernara. La pregunta se contestó sola.
Sin embargo, quizás ese mismo pensamiento llevó a muchos a cuestionarse si la presidenta sería capaz de ejercer el poder o sería conducida por su mentor y líder del movimiento, el expresidente Andrés Manuel López Obrador. Ante esto la presidenta ha sido muy clara: no habrá rompimiento, hay continuidad, entendimiento. Su predecesor cimentó el primer piso de la cuarta transformación, ella está construyendo el segundo piso.
Pero resulta que muy pronto comenzaron a surgir las diferencias entre el primer piso y el segundo de esa transformación, porque Sheinbaum no es López Obrador y tiene su propio proyecto político. Para llevarlo a cabo necesita de lealtades en lugares clave que al parecer estaban depositadas en otro lado.
Además, la presidenta sabe que para cumplir con sus objetivos, es necesario tener el control del partido, Morena, rumbo a las elecciones federales de 2027, en las que se renueva la totalidad de la cámara de Diputados y la mitad de los estados elegirán gobernador, congresos locales y otros miles de cargos.
Hoy el expresidente López Obrador sigue teniendo un enorme peso en el partido que fundó, ya sea por viejas lealtades o por lazos familiares como su hijo Andrés Manuel López Beltrán, quien se desempeña como secretario de organización del comité ejecutivo nacional del partido (un cargo relevante dentro de la estructura de Morena).
El más reciente capítulo de esta lucha por el control del movimiento se dio recientemente con un funcionario de menor rango: Marx Arriaga. Hasta el viernes pasado se desempeñó como director general de materiales educativos de la Secretaría de Educación Pública (SEP). Es la oficina responsable del diseño y rediseño de los libros de texto que produce el gobierno de México para la entrega gratuita de los estudiantes de primaria y secundaria, además de otros materiales educativos.
Arriaga fue nombrado en su cargo directamente por el presidente López Obrador, quien constantemente hablaba con halagos de él y lo consideraba un hombre honesto y de principios. Arriaga era un hombre reconocido por su trabajo partidista con sectores del magisterio y estudiantiles, pero las menciones presidenciales fueron más recurrentes cuando se desató un fuerte debate sobre el contenido de los nuevos libros de texto bajo su encargo: los especialistas en materia educativa cuestionaban el enorme contenido ideológico de los libros para niños y niñas, dejando a un lado principios científicos cruciales para el aprendizaje.
Estos textos fueron diseñados supuestamente en el marco de la Nueva Escuela Mexicana, que instauró López Obrador, para rescatar los valores humanistas de la educación y borrar los vestigios del pensamiento neoliberal, como se explicó reiteradamente.
Antes de su despido como funcionario de la SEP tuvo encuentros partidistas con el magisterio afín a Morena en los que habl