Análisis por Simone McCarthy, CNN
Mientras el presidente de EE.UU., Donald Trump, preparaba su llegada a Davos sembrando discordia con sus aliados (intensificando las amenazas de tomar el control de Groenlandia, prometiendo imponer aranceles a los que se oponen a la propuesta y filtrando mensajes privados de líderes europeos), Beijing aprovechó la oportunidad para posicionarse como un líder global alternativo.
Y hay una audiencia cada vez mayor dispuesta a escuchar.
Horas después del ataque de Trump, el viceprimer ministro de China, He Lifeng, subió al escenario en la reunión anual de los Alpes para insistir en que Beijing “ha actuado consistentemente según la visión de una comunidad con un futuro compartido y se ha mantenido firme en su apoyo al multilateralismo y el libre comercio”.
“Defendemos el consenso y la solidaridad, y la cooperación por encima de la división y la confrontación, y ofrecemos las soluciones de China a los problemas comunes del mundo”, manifestó.
Los comentarios, hechos mientras los líderes se preparaban para la llegada de Trump a la reunión, subrayan la estrategia de China de mostrarse como un contrapeso tranquilo, racional y confiable frente al shock y el asombro de la política exterior de la administración del republicano.
El líder de China, Xi Jinping, lleva años pidiendo una reestructuración del orden mundial que considera injustamente dominado por Estados Unidos y sus aliados, y cada vez más ofrece su propia visión como alternativa, aun cuando los propios vecinos de Beijing han advertido sobre la agresión regional del país.
Ahora bien, la lógica que resuena en los círculos políticos de Beijing es simple: China no necesita esforzarse para lograr ganancias en el equilibrio de poder global, simplemente necesita mantener su rumbo mientras Estados Unidos pierde aliados y credibilidad por su cuenta.
Y esa estrategia parece estar ya dando frutos, ya que el enojo de Trump hacia los aliados de Estados Unidos (al negarse a descartar tomar el control de un territorio danés por la fuerza) impulsa el tipo de amenaza al sistema de alianzas de Estados Unidos, y a la OTAN en particular, que Beijing solo podría haber soñado con orquestar.
Para ver cómo se desarrolla eso, basta con mirar el discurso de Davos del líder de Canadá, Mark Carney, quien –en una admisión sorprendentemente franca de uno de los aliados más cercanos de Estados Unidos– presentó la “hegemonía estadounidense” como parte de un ficticio “orden internacional basado en reglas”.
“Sabíamos que la historia del orden internacional basado en reglas era parcialmente falsa: que los más fuertes se eximirían cuando les convenía, que las reglas comerciales se aplicaban de manera asimétrica”, expresó Carney en una aparente alusión, al menos en parte, a Estados Unidos.
El mensaje de Carney no se presentó como un abrazo a China. El líder canadiense comenzó aludiendo a una crítica al autoritarismo de la Unión Soviética. Pero su retórica —que sigue a un año de Trump reflexionando públicamente sobre convertir a Canadá en el estado número 51 de EE.UU.— se solapa lo suficiente con la estrategia de Beijing como para marcar un punto en el tablero del gigante asiático.
También siguió a una victoria más tangible. Carney