Por Issy Ronald, CNN
La luz se desvanece a medida que los buzos se adentran cada vez más en un sistema de cuevas, hasta que el resplandor verdoso de sus linternas es lo único visible, rebotando en las paredes, revelando criaturas que los seres humanos tal vez nunca hayan visto antes e iluminando un mundo que, de otro modo, estaría confinado a la oscuridad total.
Estas cavernas pueden extenderse a lo largo de cientos de kilómetros; son laberintos peligrosos y de otro mundo, distintos a cualquier otro lugar de la Tierra.
Todo buzo de cuevas es plenamente consciente de los peligros que conlleva explorar estas zonas tan ajenas a nuestra realidad. En un documental de 2024 titulado “Diving Into the Darkness” (Buceando en la oscuridad), la veterana buza de cuevas canadiense Jill Heinerth relata que nada “constantemente a través de las tumbas de mis amigos. Esa lista supera con creces el centenar de personas”.
Los peligros de esta disciplina altamente especializada quedaron de manifiesto una vez más este mes, cuando cinco buzos italianos fallecieron mientras exploraban las cuevas del atolón Vaavu, en las Maldivas, el pasado 14 de mayo; asimismo, el sargento Mohamed Mahudhee, buzo militar maldivo, perdió la vida al intentar recuperar sus cadáveres.
El cadáver del instructor de buceo Gianluca Benedetti fue hallado en la entrada de la cueva, mientras que los otros cuatro buzos —Monica Montefalcone, profesora asociada de Ecología en la Universidad de Génova; su hija, Giorgia Sommacal; Federico Gualtieri, biólogo marino; y Muriel Oddenino, investigadora— fueron encontrados en la parte más profunda del sistema de cuevas.
Sin embargo, a pesar de ser plenamente conscientes de los peligros, hay algo que atrae incesantemente a los buzos de cuevas, quienes dedican —y, en ocasiones, sacrifican— sus vidas a explorar estos extraños mundos submarinos.
Navegando únicamente con linternas y una línea guía —el delgado hilo que permite a los buzos encontrar el camino de regreso a la entrada de la cueva—, vislumbran una faceta de la vida en la Tierra distinta a cualquier otra.
Los buzos de cuevas suelen describir su hábitat elegido como un entorno espacial, un mundo totalmente diferente repleto de estalagmitas, estalactitas y criaturas de aspecto alienígena. Bucear en estos sistemas de cuevas submarinas es como “nadar a través de las venas de la Madre Tierra”, afirmó Heinerth, quien ha completado más de 8.000 inmersiones. “Los astronautas experimentan ese ‘efecto perspectiva’ (overview effect), del que hablan al mirar hacia atrás y contemplar el gran planeta azul; es algo que hace que nunca más puedan ver la Tierra de la misma manera”, comentó a CNN este martes. “Supongo que yo estoy experimentando un efecto similar, pero desde el interior del planeta… Literalmente, me encuentro inmersa en la propia fuente de sustento del planeta, aquella que provee de agua a la humanidad, a la vida silvestre e incluso a todas las industrias que nuestra vida moderna requiere”.
Son muchísimas las cosas que pueden fallar durante una inmersión en cuevas. El equipo puede averiarse; los cabos guía pueden romperse; la visibilidad puede volverse prácticamente nula. Y, si las cosas se tuercen, no basta con ascender a la superficie como se haría en otros tipos de buceo autónomo. Dependes enteramente de tu propio ingenio y del de tu compañero de buceo.
Al explorar estos sistemas, los buceadores de cuevas deben, con frecuencia, abrirse paso a duras penas por espacios increíblemente estrechos. A veces, “mis hombros rozan el techo y mi abdomen toca el suelo; apenas puedo ver a menos de un metro de distancia debido a la intensidad de la corriente, que me lanza arena y limo directamente a la cara”, relató Heinerth.
Por ello, antes de cada inmersión —antes de realizar cualquier otra acción—, Heinerth se dedica a “ensayar mentalmente todas esas cosas que podrían salir mal, todo