Por Hanna Park, CNN
Cuando Sae Joon Park pide panqueques y pasa junto a soldados uniformados, escuchando un idioma que no hablaba regularmente desde que abandonó voluntariamente EE.UU. el verano pasado, siente —por unas horas— que está en casa.
Pero en realidad está a miles de kilómetros, detrás de las puertas vigiladas de Camp Humphreys, una guarnición del Ejército de EE.UU. al sur de Seúl, capital de Corea del Sur, con un extenso campus de restaurantes de cadena, bloques de vivienda y campos de entrenamiento.
“Cuando estoy en la base, de verdad siento que estoy en Estados Unidos”, dice el veterano del Ejército de 56 años, que regresó a su país de nacimiento en junio pasado, un lugar donde no vivía desde que era niño.
Park, quien recibió un Corazón Púrpura, está entre varios veteranos no ciudadanos de EE.UU. que se deportaron voluntariamente o fueron expulsados del país por la amplia ofensiva migratoria del presidente Donald Trump, la cual, según abogados de inmigración, ha reactivado antiguas órdenes de deportación y reducido drásticamente la discrecionalidad de los fiscales. Park, exresidente permanente, abandonó voluntariamente EE.UU. el verano pasado después de que funcionarios migratorios amenazaran inesperadamente con esposarlo y arrestarlo durante una cita programada de control migratorio debido a una condena penal previa.
Su caso atrajo atención nacional en diciembre, cuando legisladores cuestionaron a la entonces secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, durante una tensa audiencia en el Congreso sobre veteranos afectados por la ofensiva migratoria. El Departamento de Seguridad Nacional (DHS, por sus siglas en inglés) ha seguido señalando el historial penal de Park por posesión de drogas, evasión de fianza y cargos relacionados cuando se le pregunta por su caso migratorio.
Park busca múltiples vías legales con las que espera poder regresar a casa, incluida una solicitud de perdón al gobernador de Nueva York por las condenas que motivaron su orden de deportación. Pero esos procesos podrían tardar años, según su abogado, y ninguno garantiza éxito.
Mientras tanto, su caso ha alimentado el debate sobre la línea dura de la ofensiva migratoria de Trump y sobre si un grupo de personas dispuesto a dar la vida por EE.UU. debería ser expulsado del país que juró defender y proteger, independientemente de su estatus legal o condenas penales.
Con apenas 7 años, Park viajó solo desde Corea del Sur tras el divorcio de sus padres para reunirse con su madre en Miami, donde aprendió desde temprano a valerse por sí mismo.
“Miami era duro”, dijo Park a CNN. “Siempre me metía en peleas… era el único niño asiático en toda la escuela, así que sufría mucho acoso”.
En menos de un año, él y su madre se mudaron a Los Ángeles, donde Park aseguró que pasó el resto de su infancia, rodeado de familiares en Koreatown y el valle de San Fernando. Su madre trabajó en varios empleos como mesera antes de administrar pequeños negocios de ropa y discos.
Necesitando “dirección” tras graduarse de la secundaria, Park se alistó en el Ejército junto a su mejor amigo por recomendación de su tío, el mayor de los 11 hermanos de su madre y coronel de los Marines de Corea del Sur.
Después del entrenamiento básico, en octubre de 1989, fue destinado a Fort Clayton, en Panamá, donde en cuestión de meses quedó inmerso en lo que el Ejército describió entonces como “la operación de combate más grande y compleja” desde la guerra de Vietnam, cuando EE.UU. lanzó la “Operación Causa Justa” para derrocar al líder panameño Manuel Noriega, acusado de narcotráfico.
“Llegué justo a tiempo para el entrenamiento y para ir a la guerra”, dijo a CNN.
En cuestión de días, Park participó en una misión que cambiaría su vida y le valdría una de las condecoraciones más prestigiosas del Ejército de EE.UU., cuando su pelotón allanó la casa de una mujer brasil