Por Andy Rose, Lauren Mascarenhas, Isabel Rosales y Caroll Alvarado, CNN
El Domingo de Pascua, Shamar Elkins posó para una foto con sus siete hijos, todos con atuendos de iglesia a juego: la mayoría de las niñas con suéteres blancos abotonados con rayas rosas y los niños con polos azul cielo. Una de sus hijas muestra una sonrisa electrizante, enmarcada por dos moños verdes en el cabello.
Elkins extendió las manos detrás de ellos, envolviendo a sus hijos como en un gran abrazo. En Facebook, dijo que era la primera vez que tenía a todos sus hijos juntos en la iglesia.
Dos semanas después, de acuerdo con la policía, esas mismas manos apretaron el gatillo y les quitó la vida a todos ellos y también a uno de sus primos, en una ola de violencia que conmocionó a Shreveport.
Tantos futuros truncados. Tantas preguntas.
“Los niños eran niños”, dijo a CNN el vecino Freddie Montgomery. “Eran niños que jugaban en el patio todos los días”.
Para el lunes, en el césped delantero de la casa habían levantado un monumento improvisado con globos de colores brillantes, molinetes a rayas y animales de peluche de todo tipo: un tributo a los niños pequeños que solían jugar allí.
Niños comunes —de 3 a 11 años— ahora forman parte de una historia que es a la vez extraordinaria y demasiado común. La violencia con armas de fuego es la principal causa de muerte de los niños en Estados Unidos.
Mientras sus madres —que también resultaron heridas en el ataque— se recuperan, los ocho niños que fallecieron están siendo recordados por su espíritu vibrante y su amor por la vida.
“Eran ocho bebés. Ocho bebés preciosos”, dijo Troy Brown, el padre de la octava víctima. “Así que no, no estoy bien”.
Mar’Kaydon Pugh, de 10 años, era el primo de los siete hermanos que murieron en el ataque. Su madre, Keosha Pugh, y la esposa separada de Elkins son hermanas. Keosha se fracturó la pelvis y la cadera después de saltar de un techo con su hija Mar’Kianna mientras huían de los disparos, dijo su esposo, y se está recuperando.
“Nunca voy a poder volver a lanzar el balón de fútbol con él”, dijo entre lágrimas su padre, Brown, el lunes.
Brown afirmó que ayudó a criar a los primos de Mar’Kaydon y está de luto por la pérdida de todos los niños.
“He perdido ocho partes de mí, porque amé a cada uno de ellos como si fueran míos y cuidé de ellos como si fueran míos”, dijo Brown.
Brown asegura que la casa que compartía con Keosha Pugh, su cuñada Shaneiqua Pugh, su cuñado Shamar Elkins y seis de los niños nunca estaba en silencio. Antes del ataque que le robó a la casa la alegría y la vida, palpitaba con ruido, risas y movimiento.
Algunas de las más ruidosas eran las hermanas Jayla Elkins, de 3 años; Shayla Elkins, de 5; Kayla Pugh, de 6; y Layla Pugh, de 7.
Llenaban las habitaciones de canto y baile, a veces entonando el cántico espontáneo de generación Alpha: “6-7”, una frase que solo ellas parecían comprender del todo. Las niñas pasaban horas grabando videos para TikTok, transformando momentos cotidianos en algo lúdico e infantil.
“Les encantaba moverse y divertirse”, dijo Brown a CNN.
Compartían todo: juguetes, espacio y atención. Las hermanas estaban obsesionadas con Lilo & Stitch y Hello Kitty. Jayla adoraba los unicornios. Shayla era más reservada y a menudo se quedaba en silencio mirando su teléfono. Layla y Kayla se enorgullecían de ayudar en la casa, rápidas en responder: “Está bien, tío”, cada vez que Brown les pedía que ordenaran.
Con el cuidado delicado de una madre primeriza, Christina Snow observaba atentamente desde su cama de hospital mientras sostenía el biberón para su diminuto bebé, que vestía un pijama