Por Lilit Marcus, CNN
Kevin Miller se considera un experto en viajes. El fotógrafo afirma que es capaz de meter todo su equipo de cámara en un equipaje de mano y se pone mentalmente en “modo avión” en cuanto cierra la puerta de su taxi, un proceso exclusivamente orientado a pasar por el aeropuerto lo más rápido y eficientemente posible.
Pero en un día fatídico en Bali en 2013, su habitual precisión casi como la de una máquina encontró un contratiempo inesperado. Ya había hecho el check-in, seleccionado un asiento, gastado sus últimas rupias indonesias en un recuerdo en el aeropuerto y pasado a toda velocidad por la fila de seguridad. Entonces le pidieron que pagara una tarifa de salida.
Miller admite que se frustró, pero enseguida se puso manos a la obra para conseguir el dinero —tenía que ser en efectivo— que necesitaba para salir del aeropuerto. Pero era muy temprano y los mostradores de cambio de divisas aún no habían abierto, y ninguno de los cajeros automáticos funcionaba. Por fin, un turista estadounidense se apiadó de él y le entregó a Miller los billetes necesarios. Cuando le pidió la tarjeta de visita para devolvérselo más tarde, el hombre negó con la cabeza y dijo que ya había estado antes en la misma situación.
“Me tomó por sorpesa porque salió de la nada”, dice Miller. Debido al tiempo extra que pasó corriendo por el aeropuerto, él y su esposa perdieron su vuelo a Kuala Lumpur.
“Tuvimos que tomar el siguiente vuelo, que pagamos nosotros mismos, porque era un problema del aeropuerto y no un problema de la aerolínea”.
Miles de pasajeros pagan impuestos de salida todos los días, pero la mayoría no tiene ni idea. Aunque algunos países todavía piden a los turistas efectivo en mano cuando salen del aeropuerto, la mayoría de estas tarifas están incluidas en el costo de los pasajes de avión. Indonesia, donde Miller vivió su ajetreada experiencia, pasó a este sistema en 2014.
Estas tarifas, sin embargo, son comunes. La mayoría de los impuestos de salida se destinan a proyectos de infraestructura, incluido el mantenimiento de los mismos aeropuertos en los que se cobran.
Según un informe publicado por la Asociación Internacional de Transporte Aéreo (IATA), los aeropuertos de todo el mundo recaudaron un total de US$ 60.400 millones en impuestos de salida y otras tarifas similares en 2024, un promedio de US$ 6,80 por pasajero. En general, estas tarifas son más altas en Norteamérica y más bajas en Asia-Pacífico.
En 2024, Argentina cobró la tarifa más alta, que ascendió a un promedio de US$ 138 por pasajero, según IATA. Detrás estuvieron Mauricio, México, Reino Unido, República Dominicana, Estados Unidos, Egipto y Kenia.
“Los impuestos sobre los boletos de avión son de naturaleza regresiva y pueden entrar en conflicto con objetivos económicos y sociales más amplios, ya que imponen una carga significativa al público viajero y no contribuyen de manera significativa a los presupuestos del Gobierno”, dice el grupo en su informe, que se publicó en noviembre de 2025.
En la industria de los viajes, tarifas como estas se han convertido en un tema importante de conversación en los años posteriores a la pandemia, a medida que el creciente turismo excesivo continúa tensando los recursos en todo el mundo.
Japón, que ha estado luchando con aumentos recientes en el número de visitantes, estrenó un “impuesto sayonara” de 1.000 yenes (unos US$ 6) en 2019 y acaba de anunciar planes para triplicarlo. Este costo se añade a los precios de los pasajes de avión, no se cobra en persona.
Estas tarifas turísticas tienen diferentes nombres en todo el mundo y no están centralizadas, lo que dificulta que los viajeros sepan exactamente por qué están pagando.
En los aeropuertos de Australia, se llama Passenger Movement Charge y cuesta 70 AUD (US$ 40). En el Reino Unido, el Air Passenger Duty varía según el destino, con un máximo de