Por Karen Esquivel, CNN en Español
Paulina Hernández recuerda lo doloroso que fue comenzar a perder la vista desde niña. Primero dejó de distinguir detalles; después, las miradas de su familia. Su mundo se fue oscureciendo a causa de una enfermedad ocular genética y degenerativa.
“Son duelos, es duelo tras duelo, porque la visión baja poco a poco. De niña alcanzaba a ver un poste o a las personas frente a mí, pero empecé a perder el detalle de las miradas, las facciones. Cada vez que la vista disminuye es un duelo muy grande porque, aunque sabes que vas a perder la visión, nunca estás preparada para eso”, dice a CNN.
La última pérdida casi total de visión ocurrió en 2023. Esa etapa, cuenta, la llevó a una fuerte depresión al asumir que dejaría de ver a su hijo, que entonces tenía tres años.
Poco después, Hernández conoció Chilangas FC, el primer equipo femenil de fútbol ciego de Ciudad de México. La invitaron a integrarse y aceptó de inmediato.
“Vine a entrenar un sábado y pensé: ‘¡Guau, qué bárbaro!’. Fue muy emocionante para mí, me sentí muy feliz, y desde ahí me enamoré y me quedé”, relata la mujer de 31 años.
Desde la cancha del Parque Moderna, en la alcaldía Benito Juárez, Hernández espera a sus compañeras para iniciar la práctica sabatina. La lluvia retrasa el arranque, pero no cambia las detiene.
Wendy del Río, entrenadora y fundadora de Chilangas FC, toma un balón sonoro con cascabeles, se lo entrega a Nayeli Matlalcuatz y comienza la sesión. Las jugadoras llevan antifaz negro, uniforme morado, rodilleras y tacos. Para ubicarse, se guían por la voz.
“Háblale a tu compañera”, les pide del Río.
Una responde “voy, voy”; la otra contesta “aquí, aquí”. Así se orientan y reducen el riesgo de choques. En esta disciplina, la comunicación es parte del juego.
“Es como el fútbol sala”, explica del Río. “Se juega con cuatro jugadoras ciegas y una portera que sí ve, que es normovisual. La entrenadora se coloca en el centro y les indica por dónde va la jugada”.
Detrás de la portería contraria se ubica una guía de arco, que orienta a las delanteras, les dice hacia dónde tirar. El antifaz es obligatorio para asegurar igualdad de condiciones, sin ventajas para quienes aún conservan algo de percepción de luz o formas.
A diferencia del fútbol convencional, aquí el público debe permanecer en silencio mientras la pelota está en juego. Solo así las jugadoras pueden escuchar el balón y atender las indicaciones.
En la cancha, la palabra “voy” es clave. Sirve para avisar que una futbolista disputará la pelota y ayuda a todas a ubicarse, anticipar movimientos y medir los pases.
Matlalcuatz llegó a Chilangas FC hace alrededor de un año y medio. Nunca imaginó que existiera el fútbol adaptado, pero descubrirlo, cuenta, la “devolvió a la vida”.
A los 34 años, Matlalcuatz recuerda que un diagnóstico de conjuntivitis y unas gotas que dañaron su nervio óptico cambiaron su vida. Tres años después perdió la vista.
“Intenté ser positiva, hacer lo que los médicos y mis papás me recomendaban para recuperar un poquito más de vista, pero no se pudo. Ha habido momentos difíciles, pero siempre he buscado la oportunidad de seguir adelante”, afirma.
Por eso, representar a Chilangas FC y a otras mujeres con discapacidad visual es, dice, un orgullo. También insiste en que, aunque el fútbol ha estado históricamente asociado a los hombres, las mujeres con discapacidad tienen el mismo derecho a jugar.
Chilangas FC nació a inicios 2020, pero la pandemia de covid-19 frenó los entrenamientos presenciales. Dos años después comenzaron a reunirse con regularidad y más mujeres se sumaron al equipo, cuenta del Río.
La entrenadora encontró en este proyecto una forma de unir dos de sus pasiones: el fútbol y las causas sociales. En 2019 comenzó a tr