Por Tamara Hardingham-Gill, CNN
Mientras conduce entre montañas, arroyos y ríos cerca de su casa en el suroeste de Alemania, Kate Raidt dice que el paisaje aún le llama la atención. Bromea diciendo que es “probablemente la única madre de familia estadounidense a la que le encantan los partidos lejos de casa”.
Raidt espera con ansias el viaje desde Ulm, su ciudad natal, hasta Múnich para los compromisos futbolísticos de su hijo adolescente. “Es muy difícil estar de mal humor cuando conduces a través de toda esta belleza”, dice.
“Cuando miro hacia afuera y veo los Alpes suizos o escucho el agua correr por un arroyo o un río cercano, me hace muy feliz”, le dice Raidt, originaria de Atlanta, a CNN Travel.
Un año y medio después de mudarse de Estados Unidos a Alemania con su hijo Bodie, Raidt afirma que la mudanza ha ido “mucho mejor de lo que nadie podría haber imaginado” y que ambos están prosperando.
Vivir cerca de parajes naturales como el río Danubio y los Alpes bávaros ha transformado su rutina diaria. Está constantemente en movimiento: practica senderismo, monta en bicicleta por el Danubio, visita baños termales o va de “caza de castillos” con su hijo.
“Esa es probablemente la mayor ventaja de estar aquí”, dice, elogiando un estilo de vida que, en su opinión, se centra menos en la cantidad y más en la calidad.
“Mi salud física. Mi salud mental… Tener la posibilidad de hacer una actividad física tan fácil y rapidamente a mi alcance me salvó por completo”.
La decisión de mudarse surgió de las oportunidades que le ofrecía su hijo. Bodie, un hábil futbolista, se había animado a probar en varios clubes alemanes y había recibido ofertas.
Aunque Raidt había visitado Alemania con frecuencia (su hija nació allí durante su matrimonio con un alemán), no planeaba regresar definitivamente. Pero las ambiciones de su hijo la hicieron cambiar de opinión.
Le dijo que esperarían hasta que su hermana mayor, Conley, se fuera a la universidad. “No quería que viviera solo con una familia anfitriona, así que decidí irme con él”, cuenta.
Unas semanas después de que su hija se graduara en 2024, Raidt y Bodie dejaron Estados Unidos para irse a Alemania.
Empezaron en un Airbnb en Ulm, una ciudad histórica entre Múnich y Stuttgart, donde Bodie se unió a un equipo local. “Literalmente tenía dos maletas”, dice Raidt. “No teníamos amigos. Ni familia. Ni nada… Así que, simplemente dijimos listos, ¡ya! ¡Hagámoslo realidad!”.
Raidt dice que pronto se dio cuenta de que tenía mucho que aprender. Uno de sus primeros desafíos fue la educación. Bodie tiene doble nacionalidad, pero no pudo matricularse en un instituto alemán porque “no tenía suficiente experiencia con idiomas extranjeros”.
Finalmente, se matriculó en un colegio internacional, lo que, según Raidt, fue un punto de inflexión. Enseguida se conectó con otros padres expatriados.
“Todos habíamos dejado nuestros países de origen para venir aquí”, dice. Su apoyo emocional, añade Raidt, la ha ayudado en momentos difíciles.
A medida que Raidt se adaptaba, empezó a apreciar más la vida en Alemania, más allá de su trabajo remoto para una empresa estadounidense.
Le encantaba que “la gente se reúna constantemente para tomar un café”, a diferencia de Estados Unidos, donde “todos pasan rápidamente por el autoservicio de Starbucks”.
“Estados Unidos solo tiene una ciudad con una cultura definida y es Nueva Orleans”, dice. “Así que Alemania me recuerda un poco a eso”.
Pero admite que también tiene sus inconvenientes. No le gusta la cantidad de cigarrillos que se fuman y algunos aspectos de la vida cotidiana le parecen demasiado rígidos, demasiado definidos.
La burocracia también ha sido difícil de manejar debido al “estrés constante de ir a las oficinas gubernamentales y hacer cola”.
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