Por Susana Erazo, CNN Español
Ricardo Hernández, un adolescente de 18 años, debería estar preparándose para su graduación de secundaria. En estos días, se suponía que estaría pensando en su primer baile, en a quién invitar, en el traje, en las fotos y en un sueño que repite una y otra vez: seguir jugando al fútbol, porque para él “no hay nada mejor que jugar fútbol”. Pero su realidad hoy es muy diferente.
Desde hace dos meses, Ricardo cambió las conversaciones con sus amigos antes de un partido por llamadas de 10 minutos desde una cárcel. Cambió los abrazos de su madre —de quien nunca se había separado— por la posibilidad de verla apenas unos segundos en un aeropuerto de madrugada, durante uno de los varios traslados en los que les dijeron que serían deportados y finalmente no ocurrió.
La pesadilla comenzó en marzo, cuando Ricardo y su madre, Liliana Navarrete, acudieron a una cita enviada por correo electrónico por autoridades migratorias. Allí, ambos inmigrantes originarios de Colombia fueron detenidos y separados.
En una llamada telefónica con CNN desde una cárcel en Kentucky, Ricardo contó que, cuando fueron detenidos, los agentes no les dieron una explicación clara. “Nos estaban apurando todo el tiempo para decidir si íbamos a pelear el caso o a firmar la deportación, y nos metían miedo”, dijo Ricardo, hoy a más de 600 kilómetros de su hogar.
Ricardo contó que en 2022 llegó a Estados Unidos junto con su madre y su hermano mayor, y que entonces presentaron una solicitud de asilo. Su hermano tiene una cita en corte pendiente para 2027, pero en el caso de Liliana y Ricardo, según él, no habían recibido ninguna citación hasta este año. “No habíamos ido a citas porque nunca nos llegó ninguna citación”, dijo. Agregó que, aunque en ese momento quisieron conseguir representación legal, no contaban con suficientes recursos económicos. “Trabajábamos y lo que podíamos lo mandábamos para Colombia para ayudar a mi abuelita”, contó.
Kristy Morrow, maestra y activista, y madre de uno de los amigos de Ricardo, conoció el caso luego de recibir una llamada del entrenador del equipo de fútbol del vecindario, a quien Ricardo contactó tras ser detenido y separado de su mamá. Morrow decidió apoyarlos de inmediato.
“Al principio, Ricardo le dijo a nuestra abogada que se iba a autodeportar. Él dijo: ‘No puedo hacerlo’. Pero después lo pensó y dijo: ‘Si mi mamá se va a quedar y pelear, entonces yo también’”, dijo Morrow.
A través de una campaña de GoFundMe organizada por Morrow, la familia ha recaudado más de US$ 50.000 para cubrir gastos legales, tarjetas telefónicas para que Liliana y Ricardo puedan comunicarse con el exterior y, esperan, una base económica si logran conseguir la liberación de ambos.
“Estoy cruzando los dedos para que podamos obtener una fecha para la moción de fianza de Ricardo antes de que decidan trasladarlo”, dijo Kristy.
Desde su detención en marzo, Ricardo ha sido transferido a ocho lugares, entre centros de detención y cárceles. Sin embargo, contó que, pese a haber atravesado situaciones complicadas —como compartir celda con hasta 90 personas y presenciar peleas entre reclusos—, lo que más le afecta es estar separado de su mamá.
“Para nosotros es muy difícil porque nunca nos habíamos separado así, menos en esas circunstancias, y ahora no puedo hablar con ella”, dijo.
En una de esas transferencias, Ricardo contó que lo llevaron en un bus a un aeropuerto, pero que después de varias horas lo regresaron y lo pusieron en aislamiento.
“Me metieron en un lugar que en las cárceles y centros de detención llaman ‘la caja’”, relató. Dijo que, después de insistirles a los oficiales, lo sacaron y un día después, de madrugada, lo volvieron a llevar al aeropuerto, donde le dijeron que su vuelo estaba “en espera”.
“Después me sacaron del bus y, en ese momento, mi mamá me vio y les gritó a los oficiales para p