Por Cecilia Domínguez, CNN en Español
Nunca pudo festejar el cumpleaños de su padre. No sabía cuándo había nacido y la única fecha con la que creció fue la de su desaparición. Soledad Nívoli tenía cuatro meses cuando Mario Alberto fue secuestrado de su casa de Córdoba, casi un año después del golpe militar de 1976 en Argentina, y nunca más supo de él. La incógnita sobre el paradero de su papá la acompañó durante décadas.
La respuesta llegó casi 50 años después, a través del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), una organización científica creada en 1984 para investigar desapariciones forzadas en el país y en el mundo. Hasta entonces, la antropología forense todavía no se usaba para trabajar en este tipo de casos en la región. Con las dictaduras militares, la violencia política y la vulneración a los derechos humanos extendidas por América Latina, durante las décadas de 1970 y 1980, la necesidad de reconstruir qué había ocurrido era urgente.
Así nació el EAAF, que con el paso de los años se convirtió en un referente mundial en la investigación de casos vinculados al narcotráfico, la trata de personas, el crimen organizado, las migraciones y otros contextos de violencia en distintos países del mundo.
“El objetivo primero, siempre, es poder dar una respuesta a un familiar que está buscando a su ser querido”, explica Silvana Turner, antropóloga e investigadora del equipo. En su trabajo más reciente en la provincia de Córdoba, donde funcionó el centro clandestino de detención La Perla, el EAAF logró identificar los restos óseos de 12 personas detenidas-desaparecidas durante la última dictadura militar, que gobernó Argentina entre 1976 y 1983. Mario Alberto Nívoli estaba entre ellas.
“Buscamos sumar información a través de la investigación y herramientas técnicas que nos permitan, por un lado, identificar los posibles lugares de entierro y, por otro, reunir elementos que ayuden a confirmar la identidad de las víctimas”, explica Turner, quien integra el EAAF desde 1988. Su lugar de trabajo es el laboratorio del Espacio Memoria y Derechos Humanos (exESMA, el centro de detención y tortura más emblemático de la dictadura en Argentina) en la ciudad de Buenos Aires. Allí, sobre varias mesas rectangulares descansan, prolijamente ordenados, los restos óseos que analiza y que esperan ser identificados.
El trabajo del equipo, integrado por 60 profesionales, suele dividirse en cuatro etapas: investigación preliminar, exhumación de restos, análisis de laboratorio y estudio genético. No siempre participan en todas las instancias, pero cada una aporta piezas clave al rompecabezas. Intervienen en la investigación de los casos a pedido de organizaciones de derechos humanos, organismos judiciales o, directamente, de los familiares de las víctimas.
Desde su creación, el EAAF combina herramientas de la arqueología, la antropología y, en los últimos años, también de la genética forense, para reconstruir historias que muchas veces quedaron enterradas durante años. “Abarcamos un campo muy interdisciplinario. A través de la arqueología, se recuperan restos óseos excavando, documentando e interpretando los contextos de entierro. Mediante la antropología, se analiza ese material buscando información física de esa víctima. Y, en años recientes, se sumó la genética forense, que potencia las posibilidades de identificación, al comparar el ADN de los restos con muestras del banco genético aportadas por familiares”, cuenta Turner.
En la provincia de Córdoba, después de más de 20 años de trabajo en la causa de La Perla, en 2025 el EAAF realizó las excavaciones arqueológicas en una zona conocida como “Loma del Torito”. Luego de cruzar imágenes satelitales con testimonios de sobrevivientes, llegaron a la localización exacta de las fosas que contenían los restos óseos. “El trabajo del EAAF es fundamental. La ciencia y la paciencia de este equipo de científicos, que no abandonaron