Análisis por Stephen Collinson, CNN
El tono que el presidente Donald Trump intenta cambiar en Minnesota es el que él mismo estableció.
“Vamos a reducir la tensión un poco”, declaró Trump a Fox News el martes durante un viaje a Iowa, después de una represión en la que han muerto dos civiles y ha provocado disturbios y miedo en Minneapolis.
El presidente está intentando lograr una hazaña de escapismo político.
Una vez que su operación de deportación se volvió moralmente insostenible tras la muerte de Alex Pretti, un enfermero de cuidados intensivos que protestaba, la presión aumentó sobre la Secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, y el alto funcionario de la Patrulla Fronteriza Greg Bovino, los dos rostros principales de la empresa.
La reunión de dos horas de Trump con Noem en el Despacho Oval el lunes por la noche fue un sutil gesto de culpabilización, insinuando que Noem había cometido un error. La destitución de Bovino de Minnesota envió una señal más directa.
Pero ambos funcionarios, de carácter enérgico, actuaban bajo las políticas, la tensa atmósfera de confrontación y las expectativas de un desempeño público exagerado establecidas por el presidente, que había respaldado reiterada y públicamente el liderazgo de Noem, en particular en las reuniones del Gabinete y en otros lugares.
Desde que descendió de su escalera mecánica dorada en la Torre Trump en el verano de 2015, el ahora presidente ha esbozado una imagen sombría de una nación rehén de violadores, asesinos y personas expulsadas de manicomios antes de unirse a una invasión extranjera de Estados Unidos.
Trump ve las ciudades como infiernos distópicos de anarquía y crimen que necesitan la ética de un hombre fuerte y un poder federal brutal para ser reparadas.
En un evento en Clive, Iowa, el martes, Trump dijo que incluso los inmigrantes que ingresaron al país legalmente necesitaban demostrar que amarían a Estados Unidos, no que lo odiarían.
“Tienen que demostrar que no van a volar nuestros centros comerciales, ni nuestras granjas, ni matar gente”, indicó.
En ese contexto, no es de extrañar que sus subordinados se sintieran con la libertad de enviar agentes armados con máscaras y uniformes de estilo militar a las calles de Minneapolis y otras grandes ciudades en una demostración de poder que surgió directamente desde la cúpula.
Las imágenes han estado circulando durante semanas, y Trump no las detuvo. Y se unió a la difamación contra la primera civil de Minnesota en morir, Renee Good.
La inmigración siempre fue un ingrediente secreto que unió a Trump con su base.
Demonizar a los inmigrantes es un clásico de los populistas y una herramienta para imponer un poder personal inusual.
Las promesas de Trump de organizar deportaciones masivas siempre provocaron fuertes ovaciones en sus mítines de campaña.
El fracaso de su predecesor, Joe Biden, en asegurar la frontera entre Estados Unidos y México fue un acto de negligencia política impresionante, considerando que Trump se encontraba al acecho antes de las elecciones de 2024.
Frente a los fracasos de los demócratas, no sorprende que los votantes recurrieran a Trump para solucionar el problema.
Dado a que los estadounidenses conocían a Trump desde su primer mandato, y que nunca había ocultado sus posturas intransigentes, es lógico suponer que se esperaba un endurecimiento de la aplicación de la ley, junto con una mayor seguridad fronteriza.
Las historias de altos funcionarios sobre jóvenes víctimas de homicidios a manos de inmigrantes indocumentados, como Laken Riley, estudiante de enfermería de Georgia, son desgarradoras. Las víctimas y sus familias merecen justicia.