Por Todd Symons, CNN
El simple hecho de cruzar la calle le causó a Calen Morris, miembro de una pandilla, más problemas con la Policía.
Había estado usando su distintivo de cuero —que representaba una calavera con cuernos envuelta en llamas rojas y el nombre de la pandilla, “Head Hunters”, escrito en letras góticas gigantes— en una fiesta privada en la sede del grupo a finales de octubre. Salió del evento, cruzó la calle hacia su coche y se marchó.
Entonces, según Morris, la Policía allanó su casa, incautó su distintivo, lo arrestó y le dijo a su pareja que huyera con sus hijos. También allanaron la sede del grupo.
Morris, de 40 años, está acusado de usar su distintivo mientras cruzaba una vía pública, lo que constituye una violación de una ley reciente que prohíbe la exhibición de insignias de pandillas en Nueva Zelandia. Pero el mecánico de motos, del oeste de Auckland, la ciudad más poblada del país, afirma que llevaba el distintivo doblado bajo el brazo y, por lo tanto, no estaba a la vista.
“Significaba mucho para mí”, dijo Morris.
El suyo fue uno de los 192 distintivos incautados por la Policía en los primeros 12 meses de vigencia de la ley.
La legislación fue la respuesta del Gobierno conservador a la creciente preocupación pública por el aumento de la membresía en las pandillas durante la última década, lo que provocó que la población de pandilleros en el país casi superara el número de agentes de Policía.
Un año después, se han presentado más de 850 cargos por incumplimiento de la orden de prohibición, y el Gobierno presenta el cambio legislativo como un rotundo éxito, alegando una disminución de los delitos violentos graves.
Los distintivos prácticamente han desaparecido de las calles. Pero las pandillas no.
Según los miembros de las pandillas, la prohibición de los distintivos es solo una cuestión de imagen: están reclutando al ritmo de siempre. E incluso la Policía admite que las actividades más siniestras de las pandillas siguen ocurriendo.
A pesar de las campañas turísticas que promocionan un paraíso prístino en el Pacífico Sur, Nueva Zelandia tiene un submundo criminal amenazante. Las 37 pandillas “identificadas” del país y sus más de 10.000 miembros conocidos son responsables del tráfico de drogas, principalmente metanfetamina, MDMA y cocaína, y de la delincuencia violenta. “Se trata de aproximadamente un cuarto del uno por ciento de nuestra población adulta… que comete alrededor del 18 % de nuestros delitos violentos graves”, declaró Corrie Parnell, subcomisionada interina de la Policía de Nueva Zelandia.
Entre octubre de 2024 —justo antes de que entrara en vigor la prohibición de los distintivos— y agosto de este año, el número de víctimas de delitos violentos se redujo en un 23 %, según mostraron las cifras de una encuesta periódica sobre delincuencia del Ministerio de Justicia.
Tanto el Gobierno como la Policía atribuyeron este descenso a la prohibición de los distintivos y a las medidas contra las pandillas que se implementaron, pero los datos no especifican qué delitos están relacionados con estas bandas.
Parnell admitió que era difícil “establecer la conexión” entre la incautación de un distintivo y cualquier cambio en los delitos relacionados con las drogas u otros delitos graves como el abuso infantil y la agresión sexual.
Si se le pregunta a un miembro de una pandilla si algo ha cambiado, probablemente se reirá.
“Todos siguen ahí, nadie le tiene miedo a nada. A nadie le importa una mier**”, dijo Morris.
“Los delitos graves nunca se han cometido con un distintivo puesto”, dijo Bronson Edwards, de 34 años, capitán de una región de los Mongrel Mob, una de las pandillas más notorias de Nueva Zelandia, cuyos miembros, en su mayoría maoríes, a menudo buscan impactar y provocar luciendo esvásticas nazis y gritando el lema “Sieg Heil”.
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