Análisis por Patrick Oppmann, CNN en Español
Hace unos días, la administradora del edificio donde se encuentra la oficina de CNN en La Habana llamó a nuestra puerta con un mensaje urgente: necesitaba saber si vendríamos a trabajar durante la “inminente” invasión estadounidense.
La intensa campaña de presión de Washington sobre Cuba ya se sentía profundamente en la vida cotidiana. Bajo el actual bloqueo petrolero de EE.UU., la electricidad se corta en nuestras oficinas varias veces al día. La crisis económica agravada significa que no hay combustible para el generador del edificio ni siquiera papel higiénico para los baños. Todos los días paso junto a un enorme árbol de Navidad artificial en el vestíbulo que nadie se ha molestado en desmontar.
Pero ahora la administradora del edificio me dijo que le habían encomendado “órdenes de arriba” —como todos los edificios de oficinas en la ciudad, es propiedad del Estado— para elaborar un plan para el lugar en caso de un ataque imperialista. Es decir, un ataque estadounidense (la administración Trump no ha dicho que esté planeando ninguna operación militar en Cuba).
Los cubanos han vivido con la amenaza de una acción militar estadounidense durante tanto tiempo que se ha convertido en una broma negra. “Cuando vienen los americanos” es la expresión que los cubanos emplean con su característico humor negro para decir cómo un problema de larga data —de los cuales hay incontables— algún día se resolverá.
Ahora realmente parece, de una forma u otra, que los americanos vienen.
La visita del director de la CIA, John Ratcliffe, a La Habana esta semana a bordo de un avión no muy clandestino con las palabras “United States of America” fue profundamente impactante para muchos cubanos, y la señal más clara hasta ahora de que las tensiones están llegando a un punto crítico.
Si EE.UU. es el Imperio del Mal para el Gobierno cubano, entonces el jefe de la CIA, la agencia que en los años 60 ideó planes para asesinar a Fidel Castro con puros explosivos y trajes de buceo envenenados, es el mismo Lucifer.
Hay museos enteros en Cuba dedicados a las fechorías de la CIA contra la revolución.
En las fotos publicadas por la CIA, los serios jefes de espionaje cubanos saludan a sus homólogos estadounidenses en una casa protocolar con cortinas opacas en las ventanas y una larga mesa curiosamente repleta de arreglos florales. Excepto Ratcliffe, los oficiales de inteligencia estadounidenses tienen sus rostros difuminados para ocultar sus identidades.
“Es el colmo de la ironía histórica”, dijo Peter Kornbluh, coautor de “Back Channel to Cuba: The Hidden History of Negotiations Between Washington and Havana” (“Canal secreto a Cuba: la historia oculta de las negociaciones entre Washington y La Habana”), sobre la repentina aparición del jefe de espías estadounidense en la isla gobernada por comunistas.
“La misión de Ratcliffe fue hacerle a Cuba una oferta de ‘ahora o nunca’ que, aparentemente, no puede rechazar. Los politólogos llaman a esto ‘diplomacia de sumisión’”, dijo Kornbluh a CNN.
Funcionarios cubanos dijeron que durante la visita expusieron las razones por las que su isla no representa una amenaza para EE.UU., contrarrestando la justificación legal de la administración Trump para el bloqueo petrolero que ha sumido a la isla en una caída económica, según un comunicado del gobierno cubano.
Al parecer, esos argumentos cayeron en saco roto. Ratcliffe acusó a los funcionarios cubanos de albergar puestos de escucha rusos y chinos en la isla y de frustrar los intereses estadounidenses en la región, según funcionarios estadounidenses.
Si EE.UU. ha estado empleando un enfoque de garrote y zanahoria con Cuba en los últimos meses —ofertas de ayuda o coerción económica—, las zanahorias ya no parecen estar en el menú.
Apenas unas horas después de que Ratcliffe abandonara La Habana, se fil