Análisis por Allison Morrow, CNN
Kevin Warsh, el nuevo presidente de la Reserva Federal nombrado por Trump, asume oficialmente el cargo el lunes en sustitución del otro presidente de la Fed nombrado por Trump, Jerome Powell, cuyo mandato concluye después de ocho años.
Ahora bien, supervisar el banco central más importante del mundo es un trabajo duro incluso en las mejores circunstancias. Hacerse cargo ahora —dos meses y medio después de una guerra que ha disparado los precios al consumidor, y con su predecesor que permanece en la junta de gobernadores para tratar de contener amenazas sin precedentes a la independencia del banco— es, digamos, algo menos que ideal.
Esta semana, una serie de informes económicos dejaron claro el aprieto en el que se encuentra la economía estadounidense y lo difícil que le resultará a Warsh hacer lo único que el presidente espera de él: bajar las tasas de interés para impulsar el crecimiento económico.
Esto es lo que nos dicen los datos.
Los datos de ventas minoristas publicados el jueves confirmaron lo que los CEO han advertido en las llamadas de resultados durante semanas: la gente está recortando su gasto, hace compras más selectivas de bienes más pequeños y esenciales y pospone la adquisición de artículos de alto costo como electrodomésticos para el hogar y autos. (Whirlpool, que posee las marcas KitchenAid, Maytag y Amana, describió recientemente la dinámica como un retroceso “a nivel de recesión” similar a la crisis financiera de 2008).
El principal culpable es, como cabía esperar, la gasolina. La guerra en Irán ha impulsado al alza los precios de la energía en todo el mundo, encareciendo el transporte de prácticamente cualquier producto, en cualquier lugar.
“La guerra ha llegado a casa, y los estadounidenses pueden sentirlo y verlo en su canasta del supermercado”, dijo a CNN esta semana Joe Brusuelas, economista jefe de RSM Estados Unidos.
El sentimiento del consumidor, según al menos un indicador, está en un mínimo histórico. Las encuestas de la CNN también han captado esa indignación, ya que el 75 % de los estadounidenses afirma que la guerra en Irán ha perjudicado sus finanzas.
Las ventas minoristas de Estados Unidos subieron un 0,5 % de marzo a abril, aunque gran parte de ese aumento refleja precios más altos en lugar de un mayor volumen de ventas. Reembolsos de impuestos más altos también facilitaron que muchos hogares salieran adelante a medida que la inflación repuntaba.
“La inflación está viva. El crecimiento real de los salarios está muerto”, me dijo Aaron Sojourner, economista sénior del Instituto W. E. Upjohn para la Investigación del Empleo.
En otras palabras, los precios de los bienes y servicios cotidianos ahora están subiendo más rápido que la mayoría de los salarios —un cambio notable respecto de los últimos tres años, cuando los salarios en gran medida se mantuvieron al ritmo de la inflación o incluso la superaron.
En promedio, los salarios crecieron un 3,6 % durante el último año, según la Oficina de Estadísticas Laborales. Sin embargo, los precios han subido un 3,8 %.
No toda la inflación es igual.
Los bienes de consumo, especialmente la gasolina y los alimentos, tienden a fluctuar bastante. Y, desde luego, cabría esperar un gran aumento de precios en este momento, debido a que el cuello de botella energético del estrecho de Ormuz ha permanecido cerrado durante más de dos meses. Eso parece ser a lo que se refería el presidente Donald Trump cuando restó importancia al informe del IPC esta semana, diciendo que el aumento era “a corto plazo”.
Pero los “servicios” —es decir, lo que pagamos por el alquiler, boletos de avión, la atención médica, la