Análisis por Stephen Collinson, CNN
Irán parece estar jugando con Donald Trump en su propio terreno.
El presidente se quejó el lunes de que no se puede confiar en que la República Islámica cumpla un acuerdo, y reprendió a sus gobernantes por una de sus propias medidas emblemáticas.
“Era un trato cerrado, y luego lo rompieron. Siempre lo rompen”, declaró a Fox News refiriéndose al memorando de entendimiento que suspendió brevemente la guerra.
Trump no pareció apreciar la ironía de su crítica, dado su hábito de abandonar múltiples acuerdos internacionales, incluido el Acuerdo de París sobre el Clima (dos veces).
Algunos críticos atribuyen la actual situación de Estados Unidos a la decisión de Trump, durante su primer mandato, de desechar el acuerdo de la era Obama que limitaba el programa nuclear iraní.
Más tarde, un Trump frustrado prometió imponer su propio peaje a los barcos que transitaran por el estrecho de Ormuz. Irán, con una oferta cargada de sarcasmo, intervino con un precio mejor que el del autor de “El arte de la negociación”.
“El presidente tiene toda la razón”, escribió en X el ministro de Asuntos Exteriores, Abbas Araghchi, argumentando que Trump había legitimado la postura de Teherán sobre el cobro por el paso por la vital vía fluvial. Araghchi añadió con ironía: “El 20 % es, por supuesto, demasiado. Seremos justos”.
Trump está descubriendo que Irán es un negociador duro y tiene su propia interpretación del contenido del memorándum. Y aún no ha explicado claramente a los estadounidenses por qué reavivó una guerra que, según él, ya había ganado.
Semanas después de declarar con gran pompa que un memorando de entendimiento que firmó significaba que había puesto fin para siempre al programa nuclear de Irán y traído la paz a Medio Oriente por primera vez en 3.000 años, el presidente ha cambiado de opinión.
El lunes, en el programa de radio de Hugh Hewitt, Trump declaró que el acuerdo era una “prueba” que Irán había suspendido y que “no significaba gran cosa”.
En otro tiempo, sus admiradores podrían haber argumentado que las marcadas contradicciones de Trump demostraban que estaba jugando una partida de ajedrez diplomático en cuatro dimensiones. Ahora, en el mejor de los casos, se encuentra en un punto muerto.
El memorando de entendimiento fracasó porque Irán actuó para defender su mayor victoria en la guerra: el control efectivo del estrecho.
Esto reforzó una dura realidad para Estados Unidos: a pesar de las amenazas y el poderío militar de Trump, Teherán sigue marcando el rumbo del conflicto.
Y la ecuación que definió la guerra permanece inalterada: la República Islámica utiliza la geografía y un astuto conocimiento de su propio poder limitado para superar a una superpotencia adversaria.
La nueva prueba de voluntades surgió en parte de la prisa del Gobierno por negociar un memorando de entendimiento con un lenguaje impreciso.
El equipo de negociadores inmobiliarios de Trump, liderado por el vicepresidente J.D. Vance, pareció pasar por alto lo que los críticos más versados en historia y diplomacia comprendieron de inmediato: que Irán lo usaría para obtener una mayor ventaja.
Por ejemplo, el acuerdo instaba a Teherán a “tomar las medidas necesarias” para el libre y seguro paso de buques comerciales por