Análisis por Stephen Collinson, CNN
Donald Trump pelea tan brutalmente como los luchadores de la UFC a quienes invitó a enfrentarse en el jardín sur de la Casa Blanca para celebrar el aniversario 250 de Estados Unidos.
Los aliados de Estados Unidos en la OTAN, expertos en una diplomacia gentil aunque a menudo dura, enfrentan por lo tanto un enorme desafío al oponerse a las demandas del presidente respecto a Groenlandia.
Derrotar a Trump es difícil.
Es una prueba que han reprobado dos candidatos presidenciales demócratas, más de una docena de aspirantes presidenciales republicanos, varios fiscales, innumerables enemigos empresariales y casi todos los legisladores que alguna vez han intentado enfrentarse a él.
Los adversarios pueden invocar reglas, leyes, la Constitución o la decencia común para intentar dominarlo. Pero Trump simplemente lucha de forma asimétrica, ignorando el comportamiento de la gente común.
Tal vez haya llegado el momento de que Europa adopte algunas de sus tácticas: encontrar formas, más allá de los protocolos diplomáticos normales, de perjudicar al desenfrenado presidente estadounidense.
Es imposible exagerar la alarma al otro lado del océano.
“Esta locura no debe escalar más de lo que ya lo ha hecho”, declaró Rasmus Jarlov, miembro del parlamento de Dinamarca, a Jim Sciutto de CNN en “The Source”.
“Nunca podemos ceder ante la exigencia de que simplemente entreguemos tierras y personas a las que Estados Unidos no tiene absolutamente ningún derecho”, señaló Jarlov, advirtiendo que las demandas de Trump significan que los daneses ya no reconocen a Estados Unidos.
“No eres tú. No es quién eres”, apuntó Jarlov.
Algunos europeos quieren contratacar con una guerra comercial. Otros quieren atacar a las industrias tecnológicas estadounidenses. Y algunos legisladores en Gran Bretaña y Alemania incluso han contemplado la opción nuclear: un boicot a la Copa Mundial de la FIFA de este verano, organizada en parte por Estados Unidos, en la que Trump claramente planea acaparar la atención.
En el enfrentamiento por Groenlandia, Trump ha puesto en juego la seguridad del mundo occidental y casi 80 años de historia común porque quiere cerrar el mayor acuerdo inmobiliario del mundo y sumar Groenlandia a Estados Unidos.
Este es un ejemplo clásico de su técnica de negociación sin concesiones. Trump a menudo parece dispuesto a disparar metafóricamente al rehén —en este caso, la OTAN— para conseguir lo que quiere.
Los demócratas aprendieron esta lección durante el cierre gubernamental del año pasado. Trump no se conmovió ante el intenso sufrimiento de los trabajadores federales privados de salario ni, cuando se agotaron los beneficios nutricionales para estadounidenses de bajos ingresos.
Los demócratas, operando en un mundo político convencional y reacios a seguir siendo cómplices de la miseria, no tuvieron más opción que poner fin al cierre antes de alcanzar sus objetivos.
El enorme riesgo para los miembros europeos de la OTAN es que el escenario de pesadilla sobre el cual advierten —el colapso de la alianza militar más exitosa del mundo— podría no parecer un precio demasiado alto para Trump, quien piensa que es una gran estafa.
Los líderes europeos que han puesto límites a Groenlandia tienen otro problema: ¿Cómo razonan con un presidente que vive en su realidad única?
Este es un homb