Análisis de Aaron Blake, CNN
El presidente Donald Trump ha gobernado durante todo su segundo mandato como un hombre que ejerce un poder sin restricciones. Eso suele provocarle frustraciones más adelante, cuando ese enfoque choca de frente con la realidad.
Su desliz de esta semana, cuando dijo que no tomó en cuenta las finanzas de los estadounidenses mientras intentaba resolver la guerra con Irán, resume el problema.
Cuando se le preguntó el martes cuánto influían las preocupaciones económicas de los estadounidenses en su impulso por alcanzar un acuerdo de paz, Trump respondió: “En absoluto”.
“Lo único que importa cuando hablo de Irán [es] que no puede tener un arma nuclear”, dijo Trump. “No pienso en la situación financiera de los estadounidenses. No pienso en nadie. Pienso en una sola cosa: no podemos permitir que Irán tenga un arma nuclear. Eso es todo”.
Trump no es ajeno a comentarios despectivos sobre la situación económica de los estadounidenses comunes. Pero esto sugirió que simplemente no le importaba, como si ni siquiera estuviera en su radar.
Eso corre el riesgo de sonar particularmente insensible, dado lo malos que son los números del presidente sobre la economía y cuánto perciben ya los estadounidenses que está descuidando ese tema.
Como era de esperarse, los republicanos rápidamente intentaron restar importancia a los comentarios de Trump.
Mientras el senador saliente Thom Tillis, de Carolina del Norte, dijo a CNN que los comentarios de Trump eran “preocupantes”, otros han tratado de minimizarlos.
El senador John Cornyn, de Texas, aseguró a CNN que fue “solo una especie de comentario al pasar”. La senadora Cynthia Lummis, de Wyoming, se negó a comentar a un reportero de MeidasTouch, “principalmente porque creo que en realidad sí le importa”.
Otros, como el presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, y el representante Troy Nehls, de Texas, recurrieron a la idea de que el “contexto” del comentario de Trump quizá no fuera tan malo. Nehls también animó a la gente a “relajarse”.
Y luego estaba el vicepresidente J. D. Vance. Afirmó el miércoles que los comentarios de Trump habían sido tergiversados. Pero también adoptó un tono mucho más conciliador y empático sobre la economía que el que tuvo Trump.
Dijo dos veces que el Gobierno se preocupa por las finanzas de los estadounidenses. Insistió tres veces en que estaba enfocado en el tema. También reconoció que “tenemos mucho trabajo por hacer” para ofrecer prosperidad y admitió que “el dato de inflación del mes pasado no fue bueno”.
Fue el tipo de respuesta matizada que muchos en la operación política de Trump probablemente desearían que el propio presidente hubiera dado.
Pero, por supuesto, este es Trump.
Hay una explicación plausible para su desdén hacia los efectos financieros de la guerra: que simplemente le gustaría fingir que no existen.
Los efectos económicos son, después de todo, la principal limitación para mantener su posición a la espera de un acuerdo de paz con Irán que cumpla todas sus exigencias. En particular, los precios más altos de la gasolina son el principal costo de la guerra que están sintiendo los estadounidenses, especialmente dado que la estrategia militar de Estados Unidos ha mantenido reducido el número de bajas de su lado.
Y, de manera crucial, esas repercusiones internas son algo de lo que su adversario, el Gobierno iraní, no tiene que preocuparse tanto. Si bien la guerra y el bloqueo estadounidense del estrecho de Ormuz están causando indudablemente más daño a la economía de Irán que a la de Estados Unidos, el Gobierno autoritario en Teherán simplemente no responde tanto a las quejas de sus ciudadanos.
Eso, como muchos aspectos de este conflicto, crea una especie de guerra asimétrica en la que la otra parte t