Por Francesca Street, CNN
Cuando Angela Buckner decidió volar a través de Estados Unidos para una cita a ciegas, no vio la decisión como un salto de fe.
En cambio, Angela consideró el viaje como una aventura divertida más dentro de una serie de escapadas románticas despreocupadas.
“Era supervisora recreativa, relajada, sin buscar una relación, solo tratando de divertirme”, cuenta hoy Angela a CNN Travel. “Estaba muy emocionada de ir a Nueva York y literalmente hacía lo que quería”.
Ese día del otoño de 2023, Angela subió al avión sin expectativas. Unos amigos habían organizado la cita y la conocían bien, así que Angela —que entonces tenía 28 años— pensó que, como mínimo, se divertiría.
No prestó atención a la azafata que la saludó en la puerta. Caminó hacia la parte trasera del avión, lista para desconectarse y descansar.
“Normalmente cuando vuelo me pongo los Beats, la capucha encima y me desconecto completamente”, dice Angela.
Cuando el avión comenzó a alejarse de la puerta de embarque, Angela cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, ya estaban en el aire. Entonces empezó a escuchar las voces a su alrededor.
La azafata conversaba con la pareja mayor sentada junto a Angela, que acababa de pedir vino tinto. Les preguntaba cuánto tiempo llevaban juntos, los animaba a disfrutar el vuelo y bromeaba con ellos.
“Estaba medio dormida y me desperté porque ella hablaba muy fuerte con las personas mayores”, recuerda Angela.
Angela empezó a prestar atención a la conversación y se encontró sonriendo. Le pareció encantador ver a la joven azafata conectando con la pareja.
“Pensé: ‘Dios mío, es tan dulce y generosa’”, recuerda Angela. “Amo mucho a las personas mayores porque es de ellas de quienes aprendemos, gracias a ellas estamos aquí. Así que verla reconfortándolos y hablando con ellos… pensé: ‘Es tan dulce’”.
Angela miró por primera vez a la azafata. La mujer sonreía de oreja a oreja mientras hablaba con sus vecinos de asiento. Entonces, de repente, dirigió su atención hacia Angela. Y de alguna manera su sonrisa se hizo aún más grande. El corazón de Angela dio un vuelco.
“En ese momento me olvidé por completo de la cita”, recuerda Angela. “Todo pasó a ser ella. Todo era ella”.
Para la azafata Brittany Hairston, aquel vuelo a Nueva York comenzó como cualquier otro. Estaba junto a la puerta saludando a los pasajeros mientras abordaban. Algunos le devolvían la sonrisa. La mayoría la ignoraba.
Era de noche y se trataba de su último vuelo del día. Brittany, que entonces tenía 32 años, amaba volar y el estilo de vida de las azafatas, incluso cuando estaba cansada, cuando había mucho trabajo o cuando los pasajeros eran difíciles.
“Estaba soltera, viviendo en Nueva York, viajando por el mundo, conociendo personas y disfrutando la vida. Era genial”, recuerda.
Entonces apareció Angela. Ni siquiera miró hacia Brittany, pero Brittany quedó inmediatamente fascinada.
“Subió al avión… esta diosa altísima”, recuerda Brittany. “Empecé inmediatamente a pellizcar a la otra azafata. Le decía: ‘Dios mío, mira, mira’”.
Mientras tanto, Angela solo estaba concentrada en llegar a su asiento.
“Tenía los audífonos puestos, la capucha puesta y ni siquiera prestaba atención”, recuerda Brittany. “Yo tenía la boca abierta y quizá hasta se me estaba cayendo la baba”.
Brittany se giró hacia su compañera y le dijo que ella tenía que ser quien atendiera a Angela una vez estuvieran en el aire.
“Dios mío, es hermosa”, dijo Brittany, medio para sí misma y medio para su compañera, que levantó una ceja divertida.
Luego Brittany observó cómo Angela caminaba hacia la parte trasera del avión, acomodaba sus largas piernas en el pequeño asiento y cerraba los ojos.
“Recuerdo que estaba sentada en la fila 28”, dice Brittany.
Una vez el avión estuvo en el a