Por Nick Paton Walsh, Natalie Wright, Daria Makarina-Tarasova y Victoria Butenko, CNN
Se escucha un zumbido, una nube de polvo se levanta, hay una pausa mientras la imagen granulada se recalibra y luego llega una explosión devastadora.
Bajo tierra, a decenas de kilómetros de distancia, veteranos de algunas de las batallas urbanas más brutales de Ucrania, en Avdiivka y Bajmut, son ahora comandantes de una nueva forma de matar: una que no pueden sentir, oler ni ver de cerca. Una misión completa que dirige seis explosiones contra tres objetivos rusos en la línea del frente en el este de Ucrania no involucra a ningún soldado ucraniano sobre el terreno. La batalla se dirige desde sillas de videojuegos, se observa mediante drones de reconocimiento y se ejecuta a través de transmisiones en vivo dedicadas.
Ucrania, que durante meses ha enfrentado una crisis de personal militar y un respaldo incierto de Estados Unidos, ha experimentado una notable evolución. Gran parte de su esfuerzo bélico es ahora no tripulado. Robots, drones y tanques operados a distancia le han dado una ventaja repentina, aunque frágil, sobre un invasor ruso más lento y desgastado.
En abril, el presidente Volodymyr Zelensky afirmó que se había logrado por primera vez la captura de una posición rusa exclusivamente mediante robots y drones. Agregó que, desde enero, las máquinas no tripuladas habían realizado 22.000 misiones.
La supervivencia es la madre de la invención bajo el resplandor anaranjado de los ventiladores de los procesadores y una tenue iluminación superior. La unidad visitada por CNN ha aprendido, gracias a prisioneros de guerra rusos, que el enemigo llama a estos robots —cada uno equipado con una enorme carga explosiva sobre un chasis de cuatro ruedas— la “muerte silenciosa”. Solo pueden escucharlos cuando están a unos 10 metros de distancia, ya dentro de su radio letal.
El primer robot tropieza con restos de aluminio. Sus ruedas giran frenéticamente intentando ganar tracción y rodear el obstáculo. Finalmente logra sortear el cráter que bloquea su camino y, desde el dron de observación que lo vigila desde arriba, aparece el calor blanco de una pequeña nube en forma de hongo: la huella térmica de la primera explosión.
Luego llega una segunda detonación.
La primera fase del ataque busca distraer a los rusos y permitir que otros cuatro robots se infiltren detrás de las líneas enemigas.
Los cálculos de esta unidad son simples. Tras 164 ataques, la unidad “NC13” de la Tercera Brigada de Asalto calcula que habría necesitado 2.300 soldados para lograr el mismo efecto que sus robots explosivos. También estima que habría perdido a la mitad de sus integrantes —muertos o heridos— durante esas operaciones. Eso significa que estas bombas no tripuladas y algo torpes que aparecen en las pantallas frente a ellos representan un avance tecnológico que ha salvado la vida de unos mil ucranianos.
“No podía imaginar algo así en aquel entonces”, dijo Bar, subcomandante de la unidad, al recordar su experiencia en los brutales combates urbanos del Donbás. “Pero me doy cuenta de que, si este tipo de equipos hubiera existido entonces, más compañeros habrían sobrevivido”.
Para Mykola “Makar” Zinkevych, comandante de la unidad, este nuevo mundo tiene algo que le falta. “Antes la guerra era, digamos, más masculina”, afirmó. “Lo que importaba eran tus habilidades: cuánto habías entrenado, qué tan disciplinado eras. Ahora la tecnología lo decide todo. No hay vuelta atrás”. Se trata simplemente de quién logra adaptarse y evolucionar más rápido en el mundo de la muerte remota y no tripulada.
La estrategia ucraniana nace de una crisis de personal militar