Análisis de Aaron Blake, CNN
En el quinto día de la guerra con Irán, el 4 de marzo, la secretaria de prensa de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, lanzó un mensaje desafiante a los enemigos de Estados Unidos.
“Los terroristas apostaron a que el presidente Trump sería como muchos de sus predecesores: que solo hablaría y se negaría a hacer cumplir sus claras líneas rojas”, dijo. “Pero eso ha resultado ser un error de juicio catastrófico”.
“El presidente Trump no lanza amenazas vacías”, añadió Leavitt.
Ese mensaje ya era cuestionable, dada la historia de Trump de amenazas que no se concretan y plazos incumplidos en la guerra entre Rusia y Ucrania.
No obstante, las últimas cinco semanas —quizá más que cualquier otro periodo de sus dos mandatos— lo han mostrado como alguien que fija ultimátums y luego los aplaza, y lo ha hecho en una de las crisis más grandes y significativas imaginables.
En cinco ocasiones, el presidente ha fijado plazos para que Irán acepte sus condiciones o enfrente su respuesta.
Y cada vez ha extendido esos plazos, pese a que hay poca o ninguna evidencia pública de que Irán haya cumplido las condiciones tal como él las planteó.
Sus críticos han convertido en burla la idea de TACO (“Trump always chickens out”, “Trump siempre se acobarda”). Pero el asunto no es gracioso. Como el propio Trump —que en su día atacó a Barack Obama por no hacer cumplir su línea roja en Siria— diría, que te pongan a prueba y no cumplas tiene un precio alto, tanto para la credibilidad estadounidense como para la imagen de fortaleza que proyecta.
Se puede debatir hasta qué punto cada prórroga equivale a una farsa; mucho depende de cuán dispuesto haya estado Teherán a cerrar un acuerdo. También conviene recordar que Trump ha mostrado disposición a golpear a Irán, porque ya lo ha hecho: inició la guerra después de dar señales de preferir una salida diplomática.
Pero hay un actor que sabe exactamente cuánto se han dilatado esos ultimátums: Irán.
Repasemos las amenazas, los plazos y cómo Trump los justificó.
Plazo fijado: 23 de marzo
Trump dijo que Irán debía “ABRIR POR COMPLETO, SIN AMENAZAS, el estrecho de Ormuz, en 48 HORAS”. De lo contrario, Estados Unidos comenzaría a atacar sus plantas eléctricas.
Nuevo plazo fijado: 28 de marzo
Con unas 12 horas por delante, Trump anunció una prórroga de cinco días. Pero, en lugar de que Irán reabriera el estrecho de Ormuz, como había exigido, citó “CONVERSACIONES MUY BUENAS Y PRODUCTIVAS” entre ambas partes.
Había dos problemas. Primero, funcionarios iraníes negaron que hubiera negociaciones en ese momento. Segundo, Trump aún tenía 12 horas para insistir en su exigencia. En cambio, anunció la prórroga poco antes de la apertura de los mercados financieros, lo que tranquilizó a los inversionistas.
Trump dijo que el nuevo plazo del 28 de marzo quedaba “SUJETO AL ÉXITO DE LAS REUNIONES Y DISCUSIONES EN CURSO”.
Nuevo plazo fijado: 6 de abril
Trump dijo que añadía ocho días, citando una “solicitud del Gobierno iraní” de más tiempo y conversaciones que “iban muy bien”.
Sin embargo, un alto funcionario iraní dijo que solo había habido un “intercambio de mensajes”, no negociaciones formales. E Israel, aliado de Estados Unidos en la guerra, sugirió que Irán no estaba negociando en serio.
Trump afirmó entonces que funcionarios iraníes tenían “miedo de decir” lo ansiosos que estaban por cerrar un acuerdo por temor a morir. Pero, casi un mes después, sigue habiendo poca evidencia de que Irán haya ofrecido concesiones importante