Por René Marsh y Steve Contorno, CNN
A primera vista, la reunión de diciembre de un panel gubernamental poco conocido parecía un trámite burocrático ordinario.
Pero luego, la junta asesora de la Oficina para la Protección Financiera del Consumidor abrió sus procedimientos de una manera inusual: con una oración cristiana.
La bendición fue pronunciada por un funcionario de la Casa Blanca. “Gracias por tu hijo, Jesús, que murió por nuestros pecados”, dijo el funcionario en un momento, según dos fuentes que asistieron a la reunión.
Bajo el presidente Donald Trump, momentos como este, poco frecuentes en Gobiernos recientes, se están volviendo habituales. Una serie de iniciativas de fe impulsadas por la Casa Blanca han derivado en un resurgimiento religioso sistemático dentro de las operaciones, la cultura y la política del Gobierno.
Se ha alentado a los estadounidenses a rezar durante una hora cada semana. Algunas agencias gubernamentales han abierto sus reuniones con oraciones o han organizado servicios religiosos de manera regular. Versículos bíblicos e imaginería cristiana aparecen ahora en cuentas oficiales del Gobierno en redes sociales.
Los cambios —predominantemente de carácter cristiano— han sido bien recibidos por organizaciones conservadoras que durante décadas han luchado contra un Gobierno cada vez más secular, mientras que han alarmado a defensores históricos de la separación entre Iglesia y Estado.
Tanto partidarios como críticos coinciden en que este giro religioso tiene pocos precedentes en la era moderna, y que podría ser solo el comienzo.
Desde el año pasado, líderes interreligiosos, activistas legales religiosos y aliados políticos cercanos del presidente han estado sentando las bases para una expansión más amplia del papel de la religión en la vida pública.
Para este verano, se espera que el grupo —la Comisión de Libertad Religiosa de Trump— produzca un plan de lineamientos de política que podría redefinir los límites entre el Gobierno y la religión en la vida estadounidense.
“Tenemos que traer de vuelta la religión a Estados Unidos”, dijo Trump a la comisión el año pasado. “Traerla de vuelta más fuerte que nunca”.
Las discusiones de la comisión sobre cómo cumplir el mandato de Trump han incluido impulsar de forma agresiva acciones legales contra Gobiernos estatales y locales acusados de bloquear la expresión religiosa y de retener fondos federales para escuelas de educación básica hasta el décimo segundo grado, consideradas hostiles a la fe. Esto último refleja la presión que Trump ha ejercido sobre universidades acusadas de no proteger a estudiantes judíos frente a la discriminación.
También han considerado formas de alentar a la Corte Suprema a revisar precedentes de hace décadas que rigen la cláusula de establecimiento de la Primera Enmienda, la cual prohíbe al Gobierno de Estados Unidos establecer una religión oficial o favorecer una religión sobre otras.
Aunque la comisión cuenta con representantes de diversas confesiones, y participan comunidades judías y musulmanas, sus corrientes más fuertes se inclinan hacia posturas conservadoras dentro del cristianismo.
Algunos participantes —incluido Trump— han lamentado la disminución de la presencia de la Biblia en las escuelas.
Un integrante, el psicólogo televisivo Phil McGraw, conocido como “Dr. Phil”, ha enmarcado el trabajo de la comisión en términos más contundentes.
“Estamos en una guerra religiosa y cultural en este momento, y cada uno de nosotros es un combatiente”, dijo McGraw, amigo cercano de Trump, durante una reunión en septiembre. “Nadie puede darse el lujo de quedarse al margen”.
Presidentes anteriores han supervisado periodos de resurgimiento religioso en el Gobierno, como cuando Dwight Eisenhower firmó disposiciones para añadir “under God” al Juramento de Lealtad y “In God We Trust” al papel