Por Tamara Hardingham-Gill
A veces, el destino aparece en forma de un anuncio clasificado inesperado. Aunque Janis y Blaine Carmena no planeaban retomar su vida en altamar, el hallazgo fortuito de un yate a motor de 23 metros cambió sus planes por completo. La embarcación, que lucía descuidada y olvidada, se convirtió en la oportunidad perfecta para emprender un ambicioso proyecto de restauración. Lo que comenzó como una búsqueda casual en internet terminó por definir su nuevo estilo de vida: transformar un gigante de acero en su nuevo hogar flotante para navegar el mundo.
La pareja canadiense —que se conoció mientras trabajaba en un yate de lujo hace unos veinte años— hacía mucho que había cambiado los cruces oceánicos por la vida en tierra firme.
Se casaron en 2002, criaron a dos hijos y construyeron nuevas carreras, Janis como policía y Blaine dirigiendo una empresa de construcción y personalización de autos de alto rendimiento.
“Fue un cambio bastante extremo para nosotros”, admite Blaine.
Janis y Blaine, quienes anteriormente trabajaron como ingenieros, han realizado gran parte de la renovación por sí mismos.
Todo cambió en 2019, cuando Blaine encontró la embarcación, entonces llamada Wind Barker—un yate de aluminio de 1969 construido por el astillero Stephens Bros. en Stockton, California—mientras buscaba en YachtWorld, un mercado náutico para comprar y vender botes y yates.
Intrigados por lo que él describe como un “barco hermoso” con “líneas clásicas”, la pareja voló desde su casa en Victoria, Columbia Británica, hasta Wragnell, Alaska, para verlo en persona.
Lo que encontraron estaba lejos de ser lo que vieron en línea.
“Yo pienso, este no es el mismo barco que está en esas fotos. Es imposible”, recuerda Janis. La embarcación había estado “tirada bajo una lona” y estaba “destrozada”, dice—“cubierta de moho negro” y sin “luces funcionando” ni calefacción.
“Literalmente estaba pegada al fondo marino con algas y mejillones”.
A pesar del aspecto de la embarcación, la pareja sintió una atracción inmediata—supieron que eran “las personas adecuadas” para hacerse cargo de ella.
Aunque no tenían intención de volver a “vivir en el agua”, Janis, a quien le diagnosticaron TEPT hace algunos años, explica que sintió que mudarse nuevamente a un barco sería mejor para su bienestar.
“Después de 20 años en tierra y con carreras, era como, ‘Esto ya no es divertido’”, agrega, admitiendo que la vida había sido “solitaria” y extrañaba la “sensación de paz” que le daba estar en el océano.
“Creo que fue una especie de destino”, añade. “Creo que estábamos locos, pero ella necesitaba personas como nosotros, que supieran qué hacer con ella y pudieran arreglarla”.
La embarcación había estado “tirada bajo una lona” y estaba “destrozada” cuando la sacaron de Alaska en 2019, dice Janis.
Ofrecieron 200.000 dólares canadienses, unos US$ 150.000 en ese momento—considerablemente menos que el precio pedido. La oferta fue rechazada inicialmente, pero el vendedor luego la aceptó.
“Entonces pensamos, Dios mío, en qué nos hemos metido?…” dice Janis. “Este barco es enorme, y no somos millonarios. Pero sabíamos que podíamos arreglarla, y sabíamos que podíamos hacer todo nosotros mismos”.
Una vez concretada la venta, Blaine regresó a Alaska para preparar la embarcación para una prueba de mar. En diciembre de 2019, la pareja voló de regreso para recoger su nuevo barco, ahora rebautizado Tangaroa en honor al dios maorí del mar.
“Después de tres días a bordo, sin saber mucho sobre ella, la trajimos de vuelta”, dice Janis, señalando que algunas personas pensaron que “éramos un poco tontos” por intentar el viaje dado que los “motores no habían funcionado en mucho tiempo”.
Confiando en sus experiencias—Blaine como ingeniero y Janis como primera oficial—completaron el viaje a Canadá en