Por Griffin Shea, CNN
Al caminar por el recinto que alberga las Tumbas de Kasubi, el sendero principal conduce hacia lo que debería ser una entrada. Sin embargo, termina justo en una de las capas de paja que recubren la estructura de 7,6 metros de altura conocida como Muzibu Azala Mpanga. Su aspecto recuerda al de una cesta gigante invertida. De no ser por las hileras de calzado, ordenadas pulcramente en el exterior, nadie sospecharía que existe una forma de acceder al interior.
Al apartar la larga hierba seca, uno se adentra en otro mundo. El calor ecuatorial de Uganda queda atrás; en el interior, un techo de doble capa, tejido con cañas y hierbas, regula la temperatura, manteniendo el aire fresco y en calma. A ambos lados de la entrada, sentadas sobre esteras de hierba, aguardan unas mujeres: las “viudas” de los reyes difuntos, descendientes de la familia real que cumplen turnos de un mes para recibir a los peregrinos y atender a los espíritus de los monarcas que se hallan tras la cortina.
Los peregrinos se arrodillan ante cuatro fotografías, una por cada rey sepultado en el lugar. Detrás de ellas cuelga una cortina que se extiende desde el suelo hasta el techo, confeccionada con tela de corteza de color pardo rojizo: un distintivo textil ugandés que se elabora machacando la corteza de una higuera autóctona.
La cortina semeja una pared. No obstante, para los habitantes del reino de Buganda, constituye un portal hacia un bosque sagrado e invisible. Según sus creencias, los reyes nunca mueren; simplemente se adentran en el bosque y continúan comunicándose con los vivos a través de médiums espirituales.
Las Tumbas de Kasubi, declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO, por sus siglas en inglés) y situadas en Kampala, la capital de Uganda, representan el corazón espiritual del reino de Buganda.
Sin embargo, durante 16 años, dicho portal permaneció cerrado.
En el año 2010, un incendio arrasó el recinto, y destruyó su estructura principal. Construido originalmente en 1882 y con una extensión de más de 30 metros, el edificio apenas tuvo posibilidades de sobrevivir, dado que había sido erigido casi en su totalidad con materiales vegetales. Un conjunto de columnas de madera sostenía el inmenso techo de paja; cada una de ellas se hallaba revestida con tela de corteza. Si bien algunos de los edificios circundantes lograron salvarse, la tumba central quedó reducida a cenizas.
La causa del incendio nunca se hizo pública; no obstante, el siniestro desató una oleada de dolor e indignación que derivó en disturbios con consecuencias fatales.
Ahora, las tumbas han vuelto a abrirse al público, tras un minucioso proceso que implicó mucho más que simples obras de construcción. Cuando el arquitecto Jonathan Nsubuga asumió el proyecto, descubrió que muchas de las técnicas de construcción tradicionales utilizadas para crear la estructura original corrían el riesgo de desaparecer. Fue necesario formar a nuevos artesanos y restaurar con esmero los elementos espirituales que definen el espacio.
“En mis investigaciones, y basándome en las normas culturales, formulamos un nuevo concepto: la recuperación del patrimonio. No es reconstrucción, es recuperación”, afirma. “Porque eso es lo que llevo haciendo desde hace 15 años: recuperar el patrimonio que fue destruido”.
Pocas ciudades de África conservan este tipo de arquitectura tradicional y de espacio sagrado en el corazón de una capital moderna. Cuando los misioneros británicos —y, más tarde, los colonizadores— llegaron a finales del siglo XIX, las colinas de lo que hoy es Kampala ya constituían el centro del reino de Buganda.
Según la tradición de Buganda, cuando un rey fallecía, su palacio se convertía en su lugar de sepultura. El lugar de descanso físico permanece oculto tras una cortina de tela de cortez