Análisis por Aaron Blake, CNN
Uno de los mayores talentos políticos del presidente de EE.UU., Donald Trump, es doblegar al resto de su partido a su voluntad. Tras las elecciones de 2024, redobló sus esfuerzos en este frente, afirmando que su victoria “aplastante” le otorgaba un “mandato sin precedentes y poderoso”.
Los resultados no indican tal cosa, pero el Partido Republicano se lo tragó entero. Algunos legisladores incluso argumentaron que debían relegarse a sí mismos al papel de vasallos de la agenda de Trump. (“Sea lo que sea, tenemos que abrazarlo”, dijo el representante Troy Nehls, de Texas. “Todas. Cada una de sus palabras”).
Pero esa podría no haber sido la estrategia más sensata para los republicanos que aspiran a conservar sus escaños en las elecciones de mitad de mandato de 2026.
Trump ha utilizado esa amplia libertad de acción para decir, al parecer, lo que se le antoja y para impulsar políticas que al pueblo estadounidense le desagradan decididamente. El ejemplo más reciente es la guerra con Irán.
Es casi como si no le importara que sus acciones pudieran torpedear las esperanzas del Partido Republicano en menos de siete meses, pues el Congreso no tiene mucha relevancia en su concepción del poder.
Quizás los republicanos deberían actuar en consecuencia.
Trump siempre ha gestionado los asuntos a su manera. En una ocasión, él mismo lo calificó como un estilo “presidencial moderno”.
Pero, tal como señala acertadamente Peter Baker, de The New York Times, la conducta reciente del presidente ha “intensificado el debate sobre si es un loco astuto o simplemente un loco de remate”, una interrogante que ha perseguido a Trump desde hace tiempo.
La guerra con Irán es un ejemplo ilustrativo. Trump la inició sin siquiera molestarse en construir un argumento coherente para justificarla ante el pueblo estadounidense. Los objetivos han cambiado con frecuencia, y Trump parece desconocer los detalles más elementales del conflicto.
Ha amenazado a Irán con lo que parecen ser crímenes de guerra e incluso advirtió la semana pasada que “toda una civilización” moriría esa noche, antes de dar marcha atrás en el rumbo.
“Abran el f**king estrecho, bastardos locos, o terminarán viviendo en el infierno. ¡Ya verán! Alabado sea Alá”, escribió Trump en un mensaje enviado el Domingo de Pascua.
También ha avivado una disputa con el popular papa León XIV —nacido en Estados Unidos—, a raíz de la guerra.
Como parte de esa disputa, llegó incluso a publicar una imagen generada por inteligencia artificial aparentemente blasfema en la que se representaba a sí mismo como Jesucristo. Cuando incluso sus aliados comenzaron a criticar aquello, Trump eliminó la publicación y, de manera insólita, afirmó que creía que la imagen lo mostraba como un médico, una aseveración que ahora es objeto de un sinfín de bromas en las redes sociales.
Pero este no es, ni mucho menos, un incidente aislado.
El comportamiento de Trump continúa desafiando los límites. En los últimos meses, también ha publicado comentarios sumamente insensibles tras la muerte de dos de sus adversarios: el director de Hollywood Rob Reiner (sugiriendo que la víctima de homicidio había muerto, en realidad, a causa del “síndrome de desequilibrio contra Trump”) y el exdirector del FBI Robert Mueller (“Bien, me alegra que esté muerto”).
Asimismo, el presidente dedicó la primera parte de 2026 a un esfuerzo público —aunque a la postre fallido— por hacerse con el control de Groenlandia, una idea que casi todo el mundo desestimó como una broma cuando se planteó por primera vez hace años.
Los acontecimientos más recientes han llevado incluso a algunos antiguos aliados de Trump —como la exrepresentante Marjorie Taylor Greene (de Georgia), Candace Owens y Alex Jones, así como a empleados de la primera administración Trump, como Ty Cobb y Stephanie Gr