Por Hannah Keyser, CNN
El equipo de EE.UU. evitó un desastre en el Clásico Mundial de Béisbol este miércoles, cuando Italia pulverizó a México, asegurando así el pase de los estadounidenses a los cuartos de final.
El drama surgido tras la derrota del equipo de EE.UU. ante Italia —y la avalancha de interrogantes que la siguió— reveló un par de cosas que sabemos con certeza.
En primer lugar: no existe una única razón por la que el equipo de EE.UU. perdió su último partido de la fase de grupos contra los europeos, desperdiciando la oportunidad de asegurar su plaza en los cuartos de final y situándose al borde de su eliminación más temprana en la historia del Clásico Mundial de Béisbol.
Incluso el equipo suplente estaba repleto de jugadores de las Grandes Ligas que tuvieron un desempeño admirable y que, hipotéticamente, podrían haber aplastado al rival en una noche distinta. El resultado de cualquier partido de béisbol puede atribuirse a cambios en el pitcheo o a decisiones en la alineación; pero también puede explicarse por un par de centímetros extra en el rompimiento de un lanzamiento o por un milisegundo de vacilación en un swing. Lo que presenciamos en el terreno de juego la noche del martes fue a un equipo italiano superando con creces en poder ofensivo a los presuntos “Goliats” del Clásico Mundial de Béisbol de 2026.
Pero, además: no creo que el mánager del equipo de EE.UU., Mark DeRosa, se haya expresado mal. Pienso que no se percató de que su equipo, de hecho, aún no había asegurado su pase a los cuartos de final. Al menos no en el momento en que así lo afirmó en MLB Network, la mañana de aquella fatídica derrota.
Esa fue su explicación a posteriori: “Simplemente me equivoqué al hablar”, declaró a los medios tras el partido, una vez que su comentario improvisado comenzó a parecer una prueba de una gestión potencialmente desastrosa, capaz de poner fin a su participación en el torneo. Pero uno no comete un lapsus verbal que lo lleve a decir: “Queremos ganar este partido, aunque ya tengamos asegurado nuestro pase a los cuartos de final”. Nadie se tropieza con sus propias palabras para terminar anunciando, por accidente, planes de dar descanso a sus titulares; una estrategia que solo tiene sentido si uno no considera que el partido sea de gran importancia.
Apenas unas horas antes de que su alineación luciera apática y su cuerpo técnico revelara una falta de urgencia, DeRosa también relató con afecto a los medios de comunicación cómo su equipo se había quedado hasta altas horas de la noche en el vestuario, bebiendo y celebrando su victoria de la jornada anterior.
“Hay algunos chicos que hoy andan arrastrando los pies”, comentó; una confesión asombrosa si es que, en ese momento, él ya sabía que una victoria resultaba indispensable para garantizar el pase de su equipo a la siguiente fase. A menos que, sencillamente, no sintiera respeto alguno por el equipo rival.
Resulta que, de todos modos, lograron avanzar. La derrota sufrida el martes propició un escenario en el que el equipo de Estados Unidos dejó de tener su destino en sus propias manos, quedando, en cambio, a merced del resultado del enfrentamiento entre Italia y México. Los estadounidenses se vieron obligados a animar precisamente al mismo equipo que los había dejado en ridículo; y dicho equipo no les falló.
Si uno hubiera presenciado la victoria de Italia sobre Estados Unidos sin tener la menor idea de las expectativas previas ni de las trayectorias individuales de los jugadores, bien podría haber llegado a la conclusión de que el combinado italiano —el cual, lamento tener que aclararlo, está compuesto en su inmensa mayoría por beisbolistas profesionales nacidos en Estados Unidos, y no por un grupo de pizzeros dotados de un atletismo sobrenatural— era el gran favorito para alzarse con el título del torneo. Michael Lorenzen —un jugador polivalente de trayectoria itinerante que ha