Por Joseph Ataman y Clare Sebastian, CNN
Donald Trump tardó seis días en construir un nuevo mundo. El séptimo, sus antiguos aliados en Europa podrían haber sido perdonados por esperar a que descansara.
Desde que amenazó con imponer aranceles para apoderarse de Groenlandia el sábado pasado, la conducta rompedora de tabúes de Trump no ha dejado a Occidente ninguna duda de que las normas del viejo orden mundial han sido barridas: “una ruptura, no una transición”, en las duras palabras del primer ministro de Canadá, Mark Carney.
En su lugar, un escenario más brutal, más anárquico, donde gana el más fuerte y ruidoso, y ya no existe una roca del viejo mundo –la aparentemente inquebrantable confianza transatlántica.
Ya en 2019, Trump dejó claro su deseo por Groenlandia, territorio de Dinamarca rodeado de hielo. Pero es el desborde de amenazas intimidatorias de la semana pasada contra un aliado de la OTAN lo que ha dejado a Europa en shock.
“De una forma u otra, tendremos Groenlandia”, prometió Trump, incluso si “lo hacemos por las malas”.
En palabras del presidente de Francia, Emmanuel Macron: “comenzamos la semana con una escalada, con amenazas de invasión y aranceles”.
Lo que siguió fue simplemente impensable antes de Trump: aliados como el primer ministro de Polonia, Donald Tusk, hablaron de “apaciguamiento” —un término cargado de una historia tan dolorosa en Europa— insistiendo en que “Europa no puede permitirse ser débil, ni frente a sus enemigos ni frente a sus aliados”.
“Se ha creado una nueva realidad. Una realidad que a menudo es volátil”, declaró el jueves a la prensa un alto diplomático de la UE, citando la “retórica muy poco ortodoxa de la administración estadounidense”.
Trump ha estirado y tensado los lazos con Europa desde enero pasado con declaraciones que con frecuencia parecen repetir los puntos de conversación del presidente de Rusia, Vladimir Putin, y retirando la ayuda a Ucrania (actual línea del frente de Europa contra Moscú), imponiendo aranceles a socios cercanos y lanzando andanadas de insultos rencorosos en línea y en persona.
En un discurso ante los periodistas tras una reunión nocturna de líderes de la UE el jueves, el presidente del Consejo Europeo, Antonio Costa, señaló que todas las relaciones acordadas con los socios deben gestionarse de una “forma cordial y respetuosa” (un marcado contraste con los descarados ataques de la Casa Blanca de Trump).
Finalmente, pareció que Occidente había caído en la cuenta. Estados Unidos ya no es el amigo y aliado de confianza que una vez fue.
Para algunos, esta constatación ha tardado mucho en llegar, dadas las señales de advertencia desde los primeros días de la última administración de Trump.
“Las relaciones transatlánticas definitivamente han sufrido un duro golpe durante la última semana”, declaró el jueves la jefa de política exterior de la UE, Kaja Kallas.
Para el exjefe del Consejo de la UE, Charles Michel, la situación es aún más cruda: la relación transatlántica “tal como la conocemos desde hace décadas está muerta”, comentó a CNN.
Tras un año en el que Trump faltó al respeto a sus aliados europeos, muchos se preguntaban cuánto quedaba de los antiguos lazos transatlánticos. Las amenazas de Trump sobre Groenlandia respondieron claramente a esa pregunta.
“Si continúa presionando con lo de Groenlandia, nadie creería que Estados Unidos estaría dispuesto a defender a Estonia”, afirmó un diplomático de la UE a CNN.
Frente a las ambiciones de Trump, la elección para Europa era clara: desafío o sumisión.
“El apaciguamiento no produce resultados, sólo humillación”, indicó Tusk esta semana, mientras que el primer ministro de Bélgica, Bart De Wever, habló en Davos de preferir ser un “vasallo feliz” a un “esclavo miserable” de Estados Unidos.
Las conversaciones con diplomáticos de la UE pusieron de re