Análisis por Matthew Chance, Corresponsal jefe de asuntos globales de CNN
Una estrategia de larga data del Kremlin ha sido abrir una brecha permanente entre Estados Unidos y Europa, dividiendo y debilitando a sus adversarios tradicionales en Occidente.
Durante años, Rusia ha promovido el sabotaje y la desinformación para socavar las instituciones occidentales, consideradas como obstáculos persistentes para las ambiciones territoriales de Moscú y sus sueños de recuperar su estatus y poder al estilo soviético.
La ruptura de la OTAN, la poderosa alianza militar occidental, ha sido una fantasía particularmente potente, sobre todo desde la guerra de Ucrania.
El Kremlin utilizó la preocupación por una posible expansión de la OTAN para justificar su brutal invasión a gran escala hace casi cuatro años.
Imaginemos entonces el júbilo en los pasillos del poder del Kremlin ante la perspectiva de que la unidad occidental se fragmente y de que la OTAN, durante 80 años un baluarte contra las amenazas rusas, finalmente implosione por la improbable cuestión de Groenlandia y las indeseables propuestas que está haciendo el presidente estadounidense Donald Trump hacia territorio danés.
Rusia observa con asombro desde la barrera cómo sus viejos enemigos se consumen a sí mismos.
“China y Rusia deben estar pasándosela en grande”, observó Kaja Kallas, jefa de política exterior de la Unión Europea, en X después de que Trump amenazara con aranceles extraordinarios a los aliados europeos que se opongan a una toma de control estadounidense.
Tanto China como Rusia rechazan firmemente las acusaciones de que tienen intenciones territoriales sobre Groenlandia; incluso el ejército danés dice que no existe una amenaza significativa de invasión desde el este.
Pero, de hecho, en la televisión estatal rusa, los expertos pro-Kremlin se regocijaron por las acciones de Trump en Groenlandia, que evaluaron como “un golpe catastrófico a la OTAN” y “verdaderamente tremendas para Rusia”.
La opinión comprensible es que, en un momento en que la alianza de la OTAN enfrenta su mayor crisis en décadas y la unidad transatlántica podría fragmentarse, el apoyo en Occidente al esfuerzo bélico de Ucrania seguramente flaqueará, lo que le dará a Moscú una mano aún más fuerte en el campo de batalla.
Desafortunadamente para Kyiv, esta puede resultar una evaluación precisa.
Pero en el Kremlin aún no han descorchado sus botellas de champán.
Al menos inicialmente, hubo una respuesta oficial relativamente moderada, incluso crítica, de Moscú: el portavoz del Kremlin, Dmitry Peskov, declaró a los periodistas que Trump estaba, en Groenlandia, “actuando fuera de las normas del derecho internacional”.
La crítica viene de un Kremlin que ha tolerado o supervisado incalculables violaciones de las normas y leyes internacionales a lo largo de años de creciente autoritarismo en el país y en el extranjero.
El control estadounidense sobre Groenlandia bien podría ser visto en Moscú como un auténtico desafío al dominio de Rusia en la región del Ártico.
Pero es probable que el Kremlin tenga preocupaciones más profundas, ya que observa –como el resto del mundo– con incomodidad y alarma cómo la impredecible administración Trump ejerce un poder militar y económico global aparentemente desenfrenado.
“Las acciones unilaterales y peligrosas a menudo sustituyen a la diplomacia, a los esfuerzos por llegar a un compromiso o encontrar soluciones que convengan a todos”, lamentó recientemente el presidente de Rusia, Vladimir Putin, sobre el estado del mundo en su primer discurso de año nuevo sobre política exterior.
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