Por Nic Robertson
Nuuk enfrenta una tormenta que no es de nieve. Mientras los vientos polares azotan las calles de la capital de Groenlandia, una amenaza geopolítica genera un frío más intenso entre sus habitantes: la insistencia de Donald Trump por tomar el control del territorio, ya sea de la “manera fácil o la difícil”.
En este territorio autónomo de Dinamarca, donde la nieve es tan omnipresente como la arena en el Sahara, los residentes están acostumbrados a resistir el clima extremo. Sin embargo, la retórica del presidente de Estados Unidos ha encendido las alarmas sobre la soberanía y los derechos constitucionales de la isla. “Demuestra una total falta de comprensión y de integridad moral”, afirma Simone Bagai, una profesora de secundaria que, como muchos, teme que el futuro de su hogar se decida lejos de sus costas.
Quedarse quieta en el frío fue generoso. Hablar mientras la ventisca helada agujereaba sus piernas y la nieve cubría su cabeza fue una señal de cuán preocupadas están las personas aquí por la retórica de Donald Trump.
“Groenlandia es para el pueblo groenlandés,” comenta Bagai a CNN en Nuuk. “¿Y quieren ellos a Estados Unidos? Obviamente no. Lo han dicho de muchas maneras educadas”.
Oiré lo mismo muchas veces más: una frustración rotunda al ver cómo la cortesía cultural de los groenlandeses es pisoteada por Trump.
“No sé qué quiere que demostremos,” dijo la profesora. “No hay chinos… No hay rusos.”
Un poco más adelante, sobre la hoja de hielo disfrazada de acera, me encontré con Ludvig Petersen, un ingeniero municipal. Trump lo tiene intranquilo.
“No me gusta la idea de formar parte de Estados Unidos,” me dijo. “Mi principal preocupación es toda esta privatización de la salud y la educación. No es algo a lo que estemos acostumbrados”.
Las afirmaciones continuas de Trump de que “hará algo en Groenlandia, les guste o no,” han convencido a Petersen de que una toma de control de EE. UU. ocurrirá. “Temo que lo va a hacer,” dijo.
Aun así, como muchos aquí, intenta descifrar la lógica de Trump. “Simplemente, no tiene sentido,” dijo Petersen. ¿Qué pasa con la media docena de bases militares que EE.UU. ha tenido en Groenlandia en las últimas décadas y a las que aún tiene derechos? “¿Por qué no simplemente las abren de nuevo y hacen lo suyo sin tomar Groenlandia?”
Enfrentar la adversidad es parte integral de la vida en Groenlandia. Uno de los muchos y muy amables taxistas aquí –un inuit, como la gran mayoría de los groenlandeses– me habló de las duras decisiones que ha enfrentado.
Nacido en una pequeña aldea en el norte de Groenlandia, se ganaba la vida cazando focas y pescando, y usaba un trineo de 38 perros para transportar su captura. Ahora, atado a un viejo taxi de pocos caballos de fuerza y gran consumo de gasolina en esta ciudad, a mil millas al sur, da una imagen lamentable.
El cambio climático lo desconectó de su tradición cultural de caza de focas, y sus 38 perros se volvieron una carga insostenible. El equilibrio vital con la naturaleza, que es esencial para casi todos en Groenlandia, se le escapó.
Dijo que cree que Trump no se da cuenta de todo esto. “Es un estúpido,” dijo el conductor. “Trump cree que es un hombre grande, pero nosotros pensamos que es pequeño”.
A la pregunta redundante que hice de todos modos –¿quiere usted que Estados Unidos tome Groenlandia?– su respuesta fue un inequívoco, “No.”
Mia Chemnitz —quien dirige un próspero negocio de ropa de piel de foca, cortando y cosiendo pieles para hacer guantes, pantalones y smocks inuit tradicionales— se pregunta si el mundo realmente entiende a los groenlandeses.
“Siento que cuando hablamos de Groenlandia, hablo de la sociedad, hablo de mi familia, hablo de la gente que vive aq