Por Mauricio Torres, CNN en Español
La vida de la familia de Silvia Ortiz se quebró hace más de 21 años, la noche del viernes 5 de noviembre de 2004, cuando su hija adolescente, Silvia Stephanie Sánchez Viesca Ortiz, no regresó a casa.
Silvia recuerda que la joven tenía rutinas bien definidas. Cada tarde, después de clases, llegaba a su hogar junto con uno de sus hermanos mayores, Michel, para comer, hacer sus tareas escolares y después volver a salir para sus actividades deportivas. Ambos jugaban baloncesto en Torreón, su tierra natal y una de las principales ciudades del estado de Coahuila, en el norte de México.
Cuando terminaba de jugar, Silvia Stephanie regresaba a casa antes de las 9:00 de la noche o, si estaba con Michel y sus amigos, alrededor de las 9:30. Pero el día que desapareció, se hizo tarde sin que su familia tuviera noticias de ella.
En México, miles de familias más tienen historias parecidas. Según cifras oficiales, desde 1952 hasta la fecha se han registrado más de 133.000 desapariciones. La gran mayoría de ellas ha ocurrido en este siglo, un hecho que coincide con el incremento de la violencia generada por grupos criminales.
Silvia cuenta a CNN que, el día que su hija desapareció, un amigo suyo fue a buscarla para pedirle un discman que le había prestado. Su hermano, que se había separado de ella debido a un torneo, llegó poco después y todos se sorprendieron de que la joven no hubiera vuelto para ese entonces.
“En ese momento supimos que algo había pasado”, dice Silvia, quien esa noche comenzó una búsqueda que en sus primeras horas la llevó a casa de una de las amigas de su hija y a hablar con todos aquellos que pudieran haberla visto.
De acuerdo con esos testimonios, el rastro de la joven se perdió en algún punto cuando se dirigía a la parada del autobús que regularmente tomaba para regresar.
Para la madre de Silvia Stephanie, además, la búsqueda que empezó esa noche y que se ha extendido ya durante más de dos décadas representó su entrada a “un mundo” que habría preferido no tener que conocer, uno marcado por las dificultades, la burocracia y por la lucha por intentar recuperar a su hija.
“Ha sido un andar como con muchos baches, con muchas piedras, con muchos obstáculos, con bardas por brincar y muchas cosas por hacer”, dice.
La historia de Silvia, de 62 años, tiene parecido con la de otras mujeres que se han convertido en madres buscadoras en México. Muchas de ellas han formado colectivos que acuden ante instancias gubernamentales, se dan apoyo y organizan búsquedas por su cuenta, en particular en estados con altas cifras de desaparición como Jalisco, Tamaulipas o el Estado de México. Tan solo en Coahuila hay más de 3.600 casos.
Una de las experiencias en común que dicen haber enfrentado muchas de esas mexicanas es toparse con falta de disposición por parte de las autoridades para buscar a sus familiares. Silvia dice que en su caso, poco después de la desaparición de su hija, recurrió a una prima suya que trabajaba en la Fiscalía de Coahuila, pero esta no le ayudó y minimizó la situación.
“Yo llegué con ella y le dije: ‘No aparece la niña, necesito que me ayudes, échame la mano’. Me dijo: ‘Ay, Silvia, debe andar con el novio’”, recuerda.
De acuerdo con Silvia, el sábado 6 de noviembre de 2004 la Fiscalía de Coahuila abrió un acta por la desaparición, pero la investigación del caso no se movió. En aquella época, en México aún no existían la Ley General de Víctimas, creada en 2013, ni tampoco la Ley General en Materia de Desaparición Forzada de Personas, Desaparición Cometida por Particulares y del Sistema Nacional de Búsqueda de Personas, aprobada en 2017.
En e