Por Laura Paddison, CNN
La lancha motora surcaba las aguas color aguamarina del mar Muerto y pasaba cerca de deslumbrantes formaciones blancas compuestas de cristales de sal. Jake Ben Zaken, el capitán, señaló una zona de agua más oscura cercana, indicando un sumidero bajo el lecho marino. “Ambos son indicios de un desastre ecológico en desarrollo”, afirmó.
El mar Muerto se ubica en la confluencia de territorios israelíes, jordanos y palestinos, y es un lugar de contrastes extremos. Es el punto más bajo del planeta, a unos 427 metros bajo el nivel del mar. También es una de las masas de agua más saladas del mundo, casi diez veces más salada que el océano, lo que hace que su agua sea tan densa que las personas pueden flotar sin esfuerzo en su superficie.
Pero este singular cuerpo de agua está muriendo. Cada año retrocede alrededor de 1,2 metros debido a los graves efectos de las actividades humanas y el cambio climático. En las últimas cinco décadas, su superficie se ha reducido aproximadamente en un tercio. A medida que el agua retrocede, está creando un nuevo paisaje de sumideros y costas cubiertas de sal, de una belleza impactante y, a la vez, un recordatorio inquietante de que el futuro del mar Muerto pende de un hilo.
Ben Zaken, que dirige la empresa Salty Landscapes desde Mitzpe Shalem, un asentamiento en la Ribera Occidental, lleva más de 12 años haciendo paseos en el mar Muerto. Esto le ha permitido ser testigo de primera mano de los alarmantes cambios.
Sus excursiones en barco solían partir de Mineral Beach, justo al sur de Mitzpe Shalem, pero se vio obligado a trasladarse cuando los socavones la obligaron a cerrar, en 2015. Su ubicación actual es segura por ahora, pero el paisaje está cambiando rápidamente. “Cada año ganamos unos siete metros y medio de costa”, dijo Ben Zaken.
Existen varios planes para salvar el mar Muerto, pero los años pasan y poco avanza, ya que los costos, las tensiones regionales y la falta de urgencia política obstaculizan la acción, según explicaron expertos a CNN. Advirtieron que si no se toman medidas, el mundo corre el riesgo de perder un ecosistema único.
“Es un tesoro”, dijo Peleg Gottdiener de EcoPeace Middle East, una organización de ambientalistas israelíes, jordanos y palestinos. “No hay nada como el mar Muerto”.
La desaparición del mar Muerto es consecuencia de la acción humana.
Esta franja de agua salada sin salida al mar es, técnicamente, un lago. El agua proviene del río Jordán, que nace en la frontera entre Siria y el Líbano, atraviesa el mar de Galilea en el norte de Israel y continúa su recorrido hacia el sur, en dirección al mar Muerto, con Jordania a un lado e Israel y la Ribera Occidental ocupada al otro.
A lo largo de las décadas, el río Jordán y su principal afluente, el Yarmuk, han disminuido su caudal debido a las represas y desvíos construidos por Israel, Siria y Jordania para abastecer de agua a la población, los cultivos y el ganado. El río solía transportar 1.300 millones de metros cúbicos de agua al mar Muerto; ahora, ese caudal se ha reducido a aproximadamente 100 millones de metros cúbicos.
La industria de extracción de minerales es el otro factor clave de este declive.
A finales de la década de 1970, el mar Muerto se dividió en dos cuencas, ahora separadas por una franja de tierra firme. La cuenca norte, más profunda, donde Ben Zaken realiza sus excursiones en barco, es el remanente natural del mar. La cuenca sur se mantiene artificialmente y está formada por una serie de estanques de evaporación industriales.
Las empresas Dead Sea Works (israelí) y Arab Potash Company (jordana) bombean agua de la cuenca norte a las balsas. El agua se evapora con el sol, dejando una salmuera rica en minerales, de la cual las empresas extraen minerales como potasa y magnesio para fertilizantes y otr