Por Christopher Lamb, CNN
El sábado 3 de mayo de 2025, una semana después del funeral del papa Francisco, el presidente Donald Trump publicó una imagen generada por IA en la que aparecía vestido con la sotana blanca y la mitra papal.
La imagen apareció en su plataforma Truth Social y fue compartida por la cuenta oficial X de la Casa Blanca. En cuestión de segundos, se viralizó.
Unos días antes, al ser preguntado por los periodistas sobre a quién le gustaría ver elegido como sucesor de Francisco, el presidente había respondido con humor: “Me gustaría ser papa. Esa sería mi primera opción”.
La reacción de los católicos de todo el mundo varió desde la inquietud hasta la indignación. La imagen generada por IA, como suele ocurrir con las publicaciones de Trump, era a la vez irónica y provocadora.
Para los católicos, fue, como mínimo, una falta de respeto.
La imagen tampoco pasó desapercibida para los cardenales que habían comenzado a reunirse en Roma antes del cónclave previsto para el 7 de mayo, el proceso electoral que decidiría al nuevo pontífice.
El cardenal Pablo Virgilio David, un prelado filipino que había recibido amenazas de muerte por criticar la brutal guerra contra las drogas del presidente Rodrigo Duterte, respondió a Trump en Facebook diciendo: “No tiene gracia, señor”, lo cual tradujo a diez idiomas diferentes.
El cardenal Timothy Dolan de Nueva York, conocido por su amistad con Trump, dijo que la imagen “no era buena”, pero cuando Reuters le preguntó si era necesaria una disculpa, respondió: “¿Quién sabe?”.
La publicación de Trump no hizo sino intensificar el interés mediático en el proceso de elección papal. Más de 4.000 periodistas se congregaron en el Vaticano para cubrir el evento, y los cardenales se vieron rodeados por multitudes mientras se dirigían a las reuniones.
El interés del público también fue inusualmente alto debido a la popularidad de la película de 2024 “Cónclave”, un thriller que retrataba las ambiciones mundanas de los hombres que competían por convertirse en papa.
Durante su pontificado, Francisco había revolucionado el Colegio Cardenalicio, el órgano que designaría a su sucesor. Hizo que su membresía fuera más internacional y diversa para reflejar la transformación de la Iglesia. Durante años, su eje se había ido desplazando de Europa y Occidente para abarcar al creciente número de católicos en África y Asia.
La opinión generalizada siempre había sido que los cardenales no elegirían a un papa estadounidense. Dado el enorme poder político, cultural y económico de Estados Unidos, era improbable que los cardenales eligieran a un papa de ese país.
Pero algo había cambiado desde la elección y reelección de Trump con su agenda de “Estados Unidos Primero”. Existía una clara sensación de que el papel de Estados Unidos en el mundo estaba cambiando.
Unos días antes de que comenzara el cónclave, entrevisté al cardenal Oswald Gracias, arzobispo emérito de Bombay y una figura muy respetada en la Iglesia de Asia. ¿Podría haber un papa estadounidense?, le pregunté. En el pasado, dijo, esto era “impensable”. Pero luego hizo una pausa y añadió: “Podría haber un papa estadounidense… ¿por qué no?”.
De hecho, había un nombre estadounidense en mi lista de posibles papables: el cardenal Robert Prevost. Lo conocía como el líder de la poderosa oficina del Vaticano para el departamento de obispos, que desempeñaba un papel crucial en el nombramiento de obispos y en la rendición de cuentas de los mismos. Y recientemente había estado escuchando mencionar su nombre…
Conocí a Prevost en una ocasión en Roma. Me pareció una persona reflexiva y que sabía escuchar. Un hombre discreto que no concedía entrevistas, alguien que parecía estar en paz consigo mismo. Y, curiosamente, aunque había nacido en Chicago, había dedicado décadas de su vida a trabajar como misionero y obisp