Por Kevin Liptak, CNN
Cuando los médicos del presidente Donald Trump publiquen el resumen del examen físico al que está programado someterse este martes, es casi seguro que el documento concluya que goza de una salud excelente, si es que sus evaluaciones anteriores sirven de indicativo.
Sin embargo, es probable que esto sirva de poco para acallar las interrogantes sobre la salud de Trump. E incluso el propio presidente ha comenzado a reconocer tácitamente su propia mortalidad —aunque a menudo en el contexto de su seguridad— al reflexionar periódicamente sobre el tiempo limitado que le queda en la Tierra y preguntarse en voz alta si logrará llegar al cielo.
“No sé cuánto tiempo más estaré por aquí”, reflexionó durante un evento en el Salón Este a principios de este año. “Tengo a mucha gente detrás mío”.
La visita de Trump al Centro Médico Militar Nacional Walter Reed representará la tercera ocasión en la que acude a dichas instalaciones para un examen médico desde que, el año pasado, se convirtiera en el presidente de mayor edad en asumir el cargo. La Casa Blanca declaró que el chequeo incluiría “evaluaciones médicas y dentales anuales de rutina”, a pesar de que el presidente ya ha visitado a un dentista en Florida en dos ocasiones este mismo año.
Trump y su equipo se apresuran a describirlo como un líder de energía inagotable y una agudeza mental inigualable, restando importancia a los signos visibles de su edad y a los momentos en los que parece quedarse dormido durante las reuniones. Pero ni siquiera las evaluaciones optimistas ofrecidas por su médico tras sus frecuentes exámenes han logrado disipar las dudas en torno a la salud de Trump. Los presidentes no tienen la obligación legal de divulgar información alguna sobre su salud; por consiguiente, todo aquello que deciden revelar lo hacen por elección propia. De varios presidentes anteriores a Trump se descubrió, a posteriori, que habían ocultado problemas de salud durante su mandato.
Trump, cuya marca política se sustenta en una imagen de fortaleza y vigor, es notoriamente reacio a admitir cualquier debilidad física. Casi a diario establece comparaciones con un predecesor, al que denomina “Sleepy Joe” (Joe, el dormilón). Sus asesores se apresuran a señalar cuándo el presidente se queda trabajando hasta tarde —tal como hicieron este fin de semana, cuando un asesor de comunicaciones anunció que el presidente se encontraba en el Despacho Oval a las 9:30 p.m.—.
“Resulta que no soy una persona mayor. Soy mucho más joven que ustedes”, insistió Trump este mismo mes ante una comunidad de jubilados en Florida. “Soy un hombre mucho más joven que ustedes”. Sin embargo, aunque Trump es una presencia más ruidosa y visible de lo que fue Joe Biden durante su presidencia, aun así viaja con menos frecuencia que durante su primer mandato y, en múltiples ocasiones, ha cerrado los ojos durante largos lapsos en eventos transmitidos por televisión.
Los repetidos intentos de asesinato contra Trump por parte de aspirantes a magnicidas, sumados a su avanzada edad, parecen servir como recordatorios de que todo podría cambiar en un instante. Aun cuando él y sus asesores restan importancia a cualquier deterioro físico —como los hematomas en sus manos o la hinchazón en sus piernas—, el presidente ha permitido vislumbrar brevemente sus reflexiones sobre la condición humana y la mortalidad.
Un comentario espontáneo, pronunciado el mes pasado mientras recibía al rey Carlos III en la Casa Blanca, ofreció una ventana reveladora a sus pensamientos. Al hacer referencia al matrimonio de 63 años de duración de sus propios padres, se volvió hacia su esposa, con quien contrajo nupcias hace 21 años.
“Ese es un récord que nosotros no podremos igualar, querida”, dijo el presidente de 79 años. “Lo siento; simplemente no va a suceder de esa manera”.
En público, el presidente ha mantenido una notable sangre fría ante